domingo, 13 de septiembre de 2009

Domingos

Los domingos son tristes, pero en mi barrio, más. Y más cuando el verano dice adiós por la ventanilla del tren, y la tarde invita al otoño, que se presenta como un cuentachistes en el velatorio de lo que fuimos. El otoño está aquí, junto a la vuelta al cole, el inicio de la Liga, las primeras lluvias y el recuerdo del verano en que comprendí que somos el gorila del anuncio.

Los domingos son tristes, sobre todo cuando al día siguiente tienes que madrugar, y más aún cuando no soy capaz de disfrutar mis días libres y prefiero quedarme en casa martilleando el teclado del ordenador. Son tristes, y el móvil se me ha roto, y nadie me llamará alegrándome la tarde. Nadie recogerá los restos de pizza hasta mañana, ni vaciará los ceniceros, ni cerrará la maldita ventana que golpea virulenta su marco, rítmicamente, como los latidos del corazón de mi casa.


Los domingos son tristes, porque son un punto de inflexión entre la semana pasada y la que viene. Futuro y pasado confluyen en el domingo, y ambos no son nada, y lo son todo a la vez, y me mareo sólo de pensar que el presente no existe y a un tiempo es lo único que hay. Porque ya todo olía a ti, y tus ojos eran mi jacuzzi, y hoy me los han cambiado por la película de Antena 3.


Los domingos son tristes, sobre todo si estás solo y la boca te sabe al ron de anoche, y la cabeza te duele al recordar lo que no hiciste y lo que te hicieron. Los domingos son tristes, sobre todo si tú también lo estás.


Fotografía extraída de geo.ya.com

domingo, 6 de septiembre de 2009

Amaneceres

Cuando tengo las respuestas, cambian las preguntas. Cuando menos me lo espero, los recuerdos se aparean con las imaginaciones, dando a luz imágenes infames, capaces de provocarme el dolor más intenso y cruel, imágenes a las que asisto embelesado sin poder apartar la mirada, autolesionándome.

Cuando creo que todo me da igual, que el peor daño ya está hecho, me topo de bruces con mi propio cerebro, que recrea tus gemidos para con otro, tus mentiras para conmigo, tus actuaciones dignas del Goya. Cuando menos me lo espero, todo eso está ahí y salta sobre mí, y ya no tengo fuerzas para correr y escapar porque las he invertido todas en tratar de perdonarte.


Cuando pienso lo que has sido para mí, me veo pequeño.


Ayer desayuné un sandwich de orgullo. Ñam. Y a mediodía, unos filetes de odio con guarnición de venganza. Y cuando creía que era sufuciente con reprimir todos los sentimientos y actuar como un animal que copula con un semejante sin plantearse apenas nada más, resulta que no, que hacen falta más cosas. Hace falta que incluso tú te perdones a ti misma. Y otra vez me veo como el gorila del anuncio, me levanto p'arriba, me siento p'abajo.


Ahora, p'arriba. Ahora, p'abajo.


Y entonces te despiertas, qué haces, escribir, perdón.


Fotografía extraída de elaguja.cl

viernes, 4 de septiembre de 2009

Me descojono



Esta es una de las pocas cosas capaces de levantarme el ánimo estos días.

Aparte de ser una metáfora perfecta y dantesca de mi estado anímico -ahora parriba, ahora pabajo-, me permite pasar de depresión a regocijo, y de nuevo a depresión, en cuestión de segundos (lo que dura el vídeo, vamos).

Disfrutadlo.

Bailar bajo la lluvia

Es sabido que, cuando tocas fondo, todo tiene que ir a mejor. Ya conté hace varios meses que, cuando estás sumido en la más completa de las miserias, de pronto te ves dotado de cierto poder. Nada te puede ir peor, las cosas no pueden torcerse más. ¿Existe algo más redondo que un círculo -aparte de dos círculos, claro-? No.

Cuando ya no cabía más tristeza en mi habitación, he resucitado. Y hoy me he descubierto cantando mientras caminaba, como de costumbre. He sonreído cuando he comprado tabaco a la camarera que me ha activado la máquina, a la madre de un niño con el que casi me tropiezo, y a mi madre cuando me ha recordado lo del oculista. Creo que éstos son los primeros pasos para volver a ser feliz.


Continuaré por comerme a dentelladas el poco orgullo que me has dejado. Intentaré mirarte a los ojos, pero me da miedo volver a caerme dentro de ellos. Trataré de tocarte, pero temo quedarme pegado a ti, otra vez.


A mí, que antes no me importaba bailar bajo la lluvia si tú me mirabas desde el balcón, ahora no quiero que otra tormenta me pille sin paraguas.


Fotograma de la película Singing in the rain.

Segundas partes


Nunca fueron buenas, dicen. Excepto en el Padrino, apostillo yo.


Después de meses de receso, me he armado de letras para seguir dándole caña al blog. Si alguien esperaba remotamente mi regreso, helo aquí.


Bienvenidos seáis los nuevos; bienhallados, los antiguos. Un saludo a todos.


Comencemos...

viernes, 5 de junio de 2009

Confesiones

- Ayer conocí a un tío...

- ¿Qué dices? Cuenta, cuenta...

- Pues nada, es un chico que ya conocía de algo, pero hasta hace poco no habíamos intimado, no sé, es como si de repente hubiese surgido una chispa entre los dos, ¿sabes? Había visto sus ojos varias veces, algunas de ellas bien de cerca, pero nunca había reparado en lo profundos que son, creí perderme en ellos mientras ella me hablaba, y sus palabras eran un carrusel de sonidos hermosos del que no alcancé a comprender ninguna palabra por lo embelesada que estaba...

- Sigue, sigue.

- Acabábamos de tomar algo en un bar, y yo la verdad estaba muy cansada. Él estuvo muy atento toda la tarde, la verdad es que me sorprendió. Y qué guapo. Y al salir del bar me pasó un brazo por encima de los hobros y me sentí pequeñita, pequeñita...

- Ay, tía.

- Y nada, me preguntó si me apetecía que fuéramos a su casa. Yo me moría de ganas por dormir con él, pero no sabía qué decirle. No quería que aquel instante, que a la vista de todos no era nada del otro mundo -una pareja saliendo de un bar- se desvaneciese en el tiempo y fuese sólo el recuerdo de una noche que le cuentas a una amiga, como estoy haciendo ahora...

- Bueno, ¿y qué pasó?

- Al final le dije que sí, que fuéramos a su casa.

- Qué fuerte, tía. Entonces, por lo que me cuentas, con Mario ya nada, ¿no?

- No, si te estoy hablando de Mario.



Fotografía extraída de data1.blog.de

Recordatorio

Desde En el tejado de una prisión he creído positiva y a un tiempo interesante la experiencia de la encuesta para decidir el primer post de cada mes. Se comunica por tanto a todos los presidiarios que ya tienen la posiibilidad de votar el tema del primer post del mes de julio, justo en la parte derecha del blog.

Gracias a todxs por leer y participar.

El faro del paraíso

Para cuando te marches, tienes las llaves que abren mis puertas,

y por si las perdieras dejaré siempre ventanas abiertas.

Para cuando te quedes, tengo en mi vientre un verano de estrellas

con un mar que se mece si tú respiras desde su arena.


Ay, amapola,

yo de tahúr en otro mundo y tú tan sola.

Hoy quiero habitar la pradera

entre tu ombligo y lo más alto de tus piernas.


Ay, hechicera,

quién fuera luz para alumbrarte las caderas

y hacer un eclipse de seda

en la aureola de tus montes de canela.


Que tengo tanto esperma en la mirada

que cuando lloro al viento nace un cielo.

Y tengo los besitos que me dabas

guardados en el fondo de mi pecho.

Y tengo en las gónadas del alma

otoños que comienzan en enero,

y a veces se me olvidan las palabras

cuando meto los dedos en tu pelo.


Quiero tener tu labio más abierto.

Quiero licuarte y tener caramelo.


En tu pelo, que me sabe a pan caliente,

la gente nunca entiende mi desenfreno.

Que no haya sueños que se queden pendientes,

que la vida es una sombra que se ejerce.


Y ya sabes, prefiero un beso de muerte

a que me bese la muerte sin tu permiso.

Si quisieras mirarte en mí para verte…

me voy a vivir al faro del paraíso.


Carlos Chaouen

Tenemos ganador


Desde En el tejado de una prisión quiero agradecer a todos los que han participado en el blog, no sólo a través de comentarios, sino ingresando en prisión voluntariamente. También agradezco en la misma medida a aquellos que se han registrado para optar a las dos entradas gratuitas para el Parque de Atracciones, cuyo sorteo acabo de llevar a cabo hace un rato.


El ganador, o mejor dicho, ganadora ha sido Raquel. Enhorabuena para ella y gracias al resto por participar. Espero que haya más sorteos y que la suerte os acompañe la próxima vez.


La ganadora debe enviar la palabra EDUVIGIS al 5808 para canjear el precio, seguida de su fecha de nacimiento según el calendario chino, espacio, su número de la Seguridad Social al revés, espacio, el nombre de su abuelo paterno en élfico.

lunes, 1 de junio de 2009

Post por encargo I

Desde hacía algunos meses, me había despertado por las mañanas experimentando una sensación extrañamente placentera: un cosquilleo revoloteaba en mi bajo vientre, y al abrir los ojos descubría una erección implacable bajo el pijama, que tenía que esconder por vergüenza de los ojos de la chica que me cuidaba y llevaba al colegio. Al principio eran días intermitentes, pero en poco tiempo, la regularidad fue absoluta. No sabía muy bien qué hacer con aquello. Me tumbaba boca abajo, pero aquella solución se tornaba estéril cuando comprobaba que, a veces incluso, no servía sino para aumentar la excitación.


Tendría doce o trece años, a lo sumo. Podrían ser las cinco de la tarde de un domingo, y estaba solo en casa. Cambié de canal de pie ante la tele, ya que a principios de los 90 el mando a distancia era poco menos que una leyenda. En un canal, no recuerdo cuál, imagino que la 2, ponían la película El Lago Azul. Y ahí empezó todo.



No recuerdo cómo sucedió con exactitud, pero me enamoré profundamente de la protagnista de aquella película, que era una niña de mi edad que se llamaba Emmeline. Me imaginaba que la tenía delante, que jugaba conmigo en lugr de con el otro protagonista de la película.Nos zambullíamos juntos en las aguas azules que aparecían en el film, la llamaba por su nombre y pensaba en ella cada vez que me masturbaba. Tampoco recuerdo cómo terminó lo nuestro, pero intuyo que fue porque me fijé en otra, u otras.


Porque hubo más: me enamoré de Heidi, aunque no lo he reconocido hasta ahora; de Sophie, la sobrina del inspector Gadget; años más tarde de Pepper Ann, en su cole no hay rival; cuando pensaba que lo había superado, apareció en mi vida Spinelli, con sus botas y su gorro... Un día, un amigo me pregntó en el recreo:


- ¿Y a ti qué chica te gusta de clase?
- Yo estoy profundamente enamorado de Pepper Ann -dije entornando los ojos y mirando al infinito. El muchacho no se sorprendió lo más mínimo, pero negó con la cabeza.
- Ya, pero eso no vale. A mí me mola Vilma, pero digo de la clase -yo, a diferencia de él, me escandalicé.
- ¿Wilma? ¿Te gusta Wilma? ¡Si es una señora!
- No, la de los Picapiedra no. Digo Vilma, la de Scooby Doo.

Años más tarde me enteré de que aquel compañero de colegio ahora se ha dejado bigote, es reparador de máquinas de CocaCola, y tiene una Yorkshire cuyo nombre podréis intuir.

Woody Allen dijo que masturbarse es la manera de hacer el amor con la persona que más te apetece. Persona o dibujo animado, añadiría yo. Porque después, de mayor, arrastras el canon por el que se ha regido tu infancia -me salto la adolescenca porque no me dio tiempo a hacer otra cosa que eso mismo: adolecer-, y si ese perfil se basa en dibujos animados, en mi caso personal se tradujo en chicas delgadas, pequeñas, con maneras de chico, pelo corto, con gafas, que me sacaran sonrisas o carcajadas sin mi consentimiento. Por eso hoy en día no coincido en gustos con casi nngún amigo. Porque ellos se empezaron a masturbar con las revistas porno de sus padres.

Reproducción del cartel original de la película El Lago Azul.

jueves, 21 de mayo de 2009

Otra vez

Me ha vuelto a pasar. Un joven me ha llamado de usted. Tengo 25 años, y no es la primera vez que me pasa. Da qué pensar. Mitiga un poco la sensación de desazón pensar que, de pequeño, yo también era muy educado, y me lo pensaba antes de tutear a un adulto. Pero lo de hoy me ha dolido como nunca.

Trabajo de cara al público y, como he dicho antes -no sólo en el trabajo sino en más ámbitos-, me han debido de llamar de usted una decena de veces. Todavía recuerdo la primera. Hará dos o tres años, mientras mi perro correteaba por el parque, yo fumaba un cigarro sentado en un banco, cuando un balón cayó cerca de mí. El propietario -o quizá un mero usuario- de la pelota, o sea, un niño, reclamó mi atención a gritos.


- ¡Señor! ¡El balón!


¿Señor? Bueno, aquel día iba con la ropa del trabajo -camisa por dentro, zapatos-, y llevaba perilla. Pensé que cabía la disculpa porque, en realidad, el niño y yo estábamos a unos 15 metros de distancia, y además estaba oscureciendo; la suma de todo ello debió de jugarle una mala pasada a la percepción del chaval, pero a mí me marcó de por vida.


Hubo más. Recuerdo con especial sonrojo otro caso más reciente. Sucedió en el trabajo, como hoy. También llevaba camisa, incluso puede que también la americana. Pero el chico que me trató de usted no era tan joven, y aquello me turbó aún más si cabe. Quería apuntarse en la lista de espera, y le pedí el DNI. Cuando me lo dio, comprobé que tenía 17 años, por dios, nació en el 90. Me acuerdo de que le hablé con soltura, incluso le llamé tío varias veces cuando me pidió información sobre los abonos. Le aconsejé la mejor zona del campo teniendo en cuenta todas las variables -la afición contraria, el precio, la visibilidad, el clima...-, no obedeciendo a un instinto comercial, del que por otro lado carezco, sino para tratar de que al final de la conversación, me tutease.


- Gracias, es usted muy amable -eso fue todo lo que pude arrancarle.


Pero sin duda alguna, lo de hoy ha sido mucho peor. Por dos motivos, a saber: a) hoy he ido al trabajo vestido con unos pantalones negros, NORMALES, quizá un poco anchos; una camiseta azul con rayas blancas, en cuyo estampado se aprecia el jovial/informal/desenfadado/juvenil dibujo de un toro con una camiseta con el número 10 de la selección argentina; y unas zapatillas blancas y verdes cuya marca no diré para no hacerle publicidad a Quicksilver. Y b) porque la persona que ha preferido no tutearme, esta vez, era una chica.


No sé su edad, y maldita la gana que tengo de saberla. Pero sus palabras aún resuenan en mi mente como el eco infernal del paso de los años. Lo digo en serio, que nadie se ría. Ya os pasará a vosotros también -y más que a mí-, y cuando os ocurra, sólo deseo que, además, la chica en cuestión os ponga cachondos. Será todavía más humillante, y para mí será, en cierto modo, un alivio saber que no soy el único que arrastra esta cruz. Reproduzco a continuación el breve pero a la par intenso diálogo que desgraciadamente mantuvimos:


- Perdone, ¿fútbol base?

- Perdonada, saliendo por la galería, la última puerta a mano izquierda.

- Ya, pero está cerrado. ¿Sabe a qué hora vienen?

- A y media.

- Gracias.


Y se dio la vuelta y se fue con el último atisbo de juventud que había en la oficina. No una, sino dos veces me había llamado de usted. La primera no logré distinguir si decía perdone o perdona, pero en la segunda no había espacio para el equívoco. Me dejé caer sobre la silla, blasfemé y ultimé unos informes que tenía pendientes.


Es una edad incierta, lo sé. No sabe uno a qué atenerse. Odio en profundidad la tendencia pija que se extiende entre los jóvenes, pero también aborrezco a la gente que va con pintas de algo concreto. Es como si entendiesen la libertad como la capacidad de poder elegir una etiqueta, y no comprenden que ser libre es precisamente lo contrario: huir de las clasificaciones, los estereotipos. Pero cada vez se concede más valor a lo que es semejante, y menos a lo que es diferente, y la competición estriba en ver quén es más igual, cuáles la fotocopia mejor hecha, cuando debería reconocerse quién propone la idea que a nadie se le había ocurrido, quién da un paso que nadie se atrevió antes a dar. Y es imposible escapar: voy a un concierto de un grupo que me gusta desde hace mucho, y me veo rodeado de puretas; y voy a otro concierto de una banda que acaba de salir, y parece que estoy en un instituto de mutantes. Cada vez pienso más en dejar de fumar, me gustan menos los móviles, miro las vacaciones de verano con más antelación, me peino intentando disimular las cada vez más estrepitosas entradas. Ya no me salen -casi- granos en la cara, pero es el pelo el que aparece en lugares insospechados poco tiempo atrás. Cada vez me gusta más comer; y menos, beber. De hecho, cada vez cocino mejor. Cada vez disfruto más de los trayectos, de las esperas. Cada vez me suelto más a hablar con el primero que pillo. No sé si merece más la pena aguantar a un profesor al que pago para que me venda la moto; o a mi jefe, que me paga para que la moto la venda yo. Y podría seguir con las dicotomías hasta mañana.


En todo caso, por si a alguien le quedaba algún resquicio de esperanza, hace relativamente poco fui testigo de algo que me hizo reflexionar sobre esto mismo, llegando a las conclusiones que arriba he expuesto. Por la calle me crucé con una madre y una hija, de unos 40 y unos 16 aproximada y respectivamente... Pues bien, por primera vez en mi vida, me gustó más la madre que la hija.


Si esto no es hacerse mayor, que venga dios y lo vea. no obstante, tampoco creo que sea para llamarme de usted.
Fotografía extraída de zonalibre.org

Muerte

A veces, es difícil comprender el final de un ciclo.

Yo, que conocía la existencia de la muerte, nunca la había visto de cerca. Me habían hablado de ella, yo había compuesto su rostro mezclando impresiones ajenas y vaticinios propios, pero nunca tuve la certeza real de lo que era capaz. Hasta el año pasado.


Desde hace varios años, ir al pueblo ya no significaba hallar la libertad, como ocurría cuando teníamos 15 años. Por aquel entonces éramos libres, no había toque de queda, los veranos se sucedían como los capítulos de un cuento al que miramos de canto y todavía vemos gordo. Pero aquello acabó, las chicas del pueblo ya no eran tan guapas, la diarrea era más aguda después del boellón con garrafón, los amigos que vivían en otras ciudades, como nosotros, cada vez se dejaban ver menos. Ya sólo íbamos cuando no quedaba más remedio, y comprobábamos con ojos tristes que los niños ya no juegan al fútbol en el polideportivo, que nuestros amigos de allí ya casi no nos conocen, que ya no tienes edad para hacer botellón en la ermita, ni para imitar a Chayanne en la discoteca, que no conoces a la gente joven que hace lo que tú hiciste a su edad. Y que los abuelos se marchitan.


Y una mañana, el teléfono sonó demasiado temprano. A la carrera me duché, me vestí y acerté a meter algo de ropa limpia en una maleta. Tomé un taxi hasta la Estación Sur, donde me encontré con mis primos: él parapetado tras sus gafas de sol; ella, tras su pelo y sus palabras. Y los tres hicimos uno de los viajes más tristes de nuestras vidas, aunque no hablásemos del tema, e incluso a veces, nos riésemos a carcajadas.


Y ya en el pueblo, llantos amargos, antiguos. Ayes, lamentos, recuerdos. Olor a incienso, vecinas. Curas, una gran caja, más llantos. Rabia hacia los curas, paseo hacia el cementerio. De vuelta, comida en familia, pero ya nada volvió a ser igual.


A veces es difícil comprender el final de un ciclo, y otras no queda más remedio. Lo peor de conocer a la muerte de cerca es precisamente eso, que ya no se va. Ya estás seguro de que existe, y pronto les tocará a otros -¡y a otras!-, y será todavía más duro. Y es inevitable imaginar cuando venga a por ti, y sean otros los que te lloren, te recuerden, te elogien, lleven tu caja a la vista de todo el mundo, sientan rabia hacia los curas y se emborrachen en tu nombre.


Mañana volveré a coger un autobús solo, y haré el mismo camino que aquella mañana. Y me da un poco de miedo.


Fotografía extraída de organizados.blogsome.com

lunes, 18 de mayo de 2009

Recordatorio

Desde En el tejado de una (p)risión quiero recordar a todos los lectores del blog -anónimos y confesos- dos aspectos, a saber:

La encuesta que decidirá el tema del primer post del mes de junio. Sólo tienes que escoger la opción en la parte derecha del blog. Si la encuesta termina en empate, como es el caso hasta ahora, me comprometo a aunar todos los temas en el mismo post. Es una lástima, pensaba que podía añadir a la lista más opciones sobre la marcha, pero no es posible, así que la suerte está echada. Además, votar es gratis, y combate el colesterol.

El sorteo de dos entradas gratis para el Parque de Atracciones entre todos los presidiarios, para lo cual es imprescindible pinchar en el botón Seguir, también en la parte derecha del blog. El ganador no tiene la obligación de ir conmigo al Parque, pero vamos, sería un detallazo. Las bases del sorteo están depuestas ante notario.

Gracias.

¿Cuándo?

- ¿Y tú cuándo supiste que eras gay?

- Mira... Yo ligaba con chicas más que cualquiera de mis amigos. Con dieciocho años, estaba con dos chicas a la vez, Marina y Gloria. Una noche, currando en el bar, estaba limpiando la barra, y me dio por pensar. Sí, si, por pensar, a ver qué te crees... No podía seguir en aquella situación, para mí suponía mucho estrés, había días que quedaba primero con una y luego con la otra, las dos sospechaban. Pero la dos follaban de vicio. Con Gloria me encantaba salir de juerga, bailar, desatarme. Pero, aún hoy, echo de menos aquellas conversaciones con Marina a la luz de las velas en su casa. Además, tenía más dinero que Gloria, menos preocupaciones. No obstante, la manera que Gloria tenía de ver el mundo me fascinaba. Aunque, en el fondo, las dos me aburrían. Así que dije: si la primera persona que entre en el bar es una mujer, me quedo con Marina; si es un hombre, me quedo con Gloria.


- ¿Y...?


- Pues que entraste tú, idiota.


Y ambos se fundieron en un profundo beso.





Fotografía extraída de photobucket.com

jueves, 14 de mayo de 2009

Encuesta


Tú haces En el tejado de una prisión.


Te ofrecemos la posibilidad de participar en una encuesta para decidir el tema del primer post del mes de junio. Sólo tienes que escoger la opción en la parte derecha del blog. Si ninguna de las que he propuesto es de tu agrado, puedes dejar un comentario en este post proponiendo tu alternativa, y la incluiré en la lista en cuanto lo lea.


Gracias por leerme.
Fotografía extraída de eloymcebrian.blogspot.com

La Copa del Parásito

Valencia, diez menos algo de la noche. Athlétic Club de Bilbao y F. C. Barcelona se preparan para disputar la final de la Copa del Rey. Ambos equipos se la merecen, opino. Cuando los monarcas hacen acto de aparición, la mayor parte de las dos aficiones silban; cuando suena el himno español y los jugadores se cuadran como militares, los pitos aumentan. TVE lo censura, pero los hechos se filtran al día siguiente -hoy-.

¿Falta de respeto? Hablan de nacionalismo. Yo no soy nacionalista, pero tampoco monárquico. El Marca clama al cielo. ¿Es obligatorio ser partidarios del Borbón? ¿Dónde queda la libertad de expresión? ¿Es necesario enderezar la espalda cuando suena el himno? En un campo de fútbol -paso mucho tiempo en uno de ellos- el público es soberano, aplaude y silba lo que cree oportuno. Va en el precio de la entrada. ¿Hay que ceñirse a lo que se ve en el terreno de juego? No lo creo, a menudo los pitos van dirigidos no sólo a los jugadores rivales, sino también al palco. Y si en el palco está Juan Carlos saludando con su manaza, chupando cámara, puede recibir vítores o abucheos, y las dos cosas son legítimas.


Otra cosa es proferir insultos racistas: nadie, por el hecho de ser negro, merece escuchar a varios energúmenos imitar el sonido del mono. O exclamar al unísono: Juan Carlos, cabrón, saluda al campeón. ¿Pero acaso hay que adorar al Rey allá por donde va? ¿No se puede expresar el reproche a la monarquía, a la marcha militar que es el himno de nuesro país, en forma de silbidos?


No se deben mezclar fútbol y política, dicen algunos. Por mí, perfecto. Que la Copa del Rey se suprima, que pase a llamarse Copa de España, y que no la entregue Juan Carlos (se están mofando de ti), sino el presidente de la federación, que menudo individuo también, pero al menos se trata de un cargo electo, no una "burda imposición apolillada".


País...

La vereda de la puerta de atrás

Si no fuera

porque hice colocado el camino de tu espera

me habria desconectado.

Condenado a mirarte desde fuera

y dejar que te tocara el sol.


Y si fuera

mi vida una escalera me la he pasado entera

buscando el siguiente escalón.

Convencido que estás en el tejado

esperando a ver si llego yo.


Y dejar de lado

la vereda de la puerta de atrás

por donde te vi marchar.

Como una regadera

que la hierba hace que vuelva a brotar

y ahora es todo campo ya...


Sus soldados

son flores de madera y mi ejército no tiene

bandera es solo un corazón.

Condenado a vivir entre maleza,

sembrando flores de algodón.


Si me espera

la muerte traicionera y antes de repartirme

del todo me veo en un cajón

que me entierren con la picha por fuera

pa' que se la coma un ratón.

Y muere a todas horas

gente dentro de mi televisor

quiero oír alguna canción

que no hable de sandeces

y que diga que no sobra el amor

y que empiece en sí, no en no.


Y dejar de lado

la vereda de la puerta de atrás

por donde te vi marchar.

Como una regadera

que la hierba hace que vuelva a brotar

y ahora es todo campo ya...


Dices que a veces no comprendes que dice mi voz.

Cómo quieres que este dentro de tu ombligo,

si entre los dedos se me escapa volando una flor

y ella solita va marcando el camino.


Dices que a veces no comprendes que dice mi voz.

Cómo quieres que yo sepa lo que digo,

si entre los dedos se me escapa volando una flor

y yo la dejo que me marque el camino...

21 años

Hubo un tiempo en que todo giraba alrededor de un balón, unos hamsters y unos cuentos de Barco de Vapor de color naranja, aunque los recomendados para su edad eran los azules. Su madre sólo vivía para él y sus palabras eran la única verdad sobre la faz de la tierra. Ni siquiera había llegado a plantearse nunca por qué motivo sólo estaban su madre y él, por qué faltaba su padre. Aquel niño se había criado sin padre lo mismo que otros niños se crían sin play station, y no había resultado traumatizado. No le importaba que su madre evitase el momento de hablar del tema, y comprendía a la perfección que fuese una situación incómoda para ella. Además él sabía cuándo no debía molestar.

El tiempo pasó lentamente, como pasa el tiempo cuando somos pequeños, y un buen día, el niño, ya con 15 años, intentó dar con el teléfono de su padre. Lo buscó en la guía, y una tarde se decidió a llamar. Después del cuarto tono siempre salía la misma voz encarnada en un contestador, demasiado grave para ser de mujer, y demasiado aguda para ser de hombre. El chico probó también a llamar al día siguiente, y la misma voz inexpresiva lo volvió a invitar a dejar un mensaje. Él volvió a rechazar la propuesta. Lo que no puedo evitar fue imaginarse a su padre. Intentó hacer un dibujo inspirado en viejas fotos y una cinta de VHS, coloreado con lo que le habían contado algunos familiares, y con la voz que había escuchado dos tardes seguidas por teléfono.


El verano pasó de forma fugaz, como pasan los veranos cuando somos pequeños, y nuestro amigo no faltó a su cita con el teléfono ni un solo día. Únicamente una vez se atrevió a dejar un mensaje: "soy yo". No pudo decir la palabra papá porque le parecía extraño pronunciarla por primera vez después de quince años.Los veranos siguieron pasando... Es curioso cómo varía la percepción del tiempo dependiendo de la edad que tengamos. Un día, precisamente cuando nuestro amigo cumplía 21 años, sin saber por qué, volvió a recordar aquel verano en el que, en cuanto se quedaba solo en casa, marcaba el número que había extraído de la guía y escuchaba aquella voz. Y esa misma noche se atrevió a llamar de nuevo. Sonaron cuatro tonos... y un quinto. Y la misma voz del contestador habló para decir algo distinto a lo que nuestro amigo escuchó aquel verano, el verano de sus 15 años.

- ¿Sí?

El chico experimentó el más acusado nerviosismo de su vida, y se escuchó decir:

- ¿Está Luis?

Tras un silencio, la voz dijo:

- ¿Luis? ¿Qué Luis?

- Luis... Pérez.

- ¿Quién lo pregunta?

El cerebro del joven pensó: tu hijo. Su boca pronunció:

- Un buen amigo.

- Lo siento, pero el señor Luis murió hace cinco años en un accidente.


En ese instante el mundo se paró. Nuestro amigo no sabe cómo, pero a los pocos a los que cuenta esta historia, les dice que miró por la ventana y los autobuses rojos estaban quietos. La gente que cruzaba la calle se había quedado inmóvil. El reloj de su cuarto marcaba las 21:49 irremediablemente.

- ¿Sigue ahí?

Sólo cuando comenzó a hablar, nuestro amigo pudo ver cómo los cláxones resonaban de nuevo sobre el asfalto, y su reloj daba las diez menos diez. Pensó: diez menos diez no es nada.

- Sí... lo siento, me ha impresionado.

- Lo comprendo. Yo soy su mujer, ¿le conozco?

De nuevo el ruido de la calle cesó y el tráfico volvió a detenerse. Una vez más, cuando volvió a hablar, las cosas volvieron a la normalidad.

- Me temo que no... Es sólo que tenía algunas cosas para él, y preferiría que se las quedara usted.

La mujer tardó en contestar pero finalmente accedió. Le dio su dirección, que quedaba en la otra punta de la ciudad, y el chico se dirigió hacia allí con una mochila. El tiempo que pasó viajando en metro le pareció increiblemente corto.


Llegó ante el portal, y llamó al timbre. La puerta se abrió con un graznido sin que nadie contestase al telefonillo. Subió las escaleras hasta el tercer piso, y se acercó a una puerta entreabierta. Llamó prudentemente con el dorso de la mano, y una señora de unos cincuenta años apareció en el marco mirándolo como si no esperase su visita. Finalmente dijo con voz grave:

- Te imaginaba más mayor, ¿cuántos años tienes?

Cuando iba a contestar, percibió cómo el rictus de su anfitriona se congelaba. Abrió la boca para decir su edad, pero se contuvo. Miró su reloj y el tiempo estaba, una vez más, detenido. Sin tocar a la mujer, la rodeó, y se adentró en su casa. Avanzó por un pasillo y llegó al salón, donde contempló las fotos de la pared, y las estanterías, y las mesillas... En ellas vio a su padre y a aquella mujer, bastante más jóvenes. Calculó que deberían tener unos treinta años. Echó cálculos y concluyó que por aquellas fechas, él mismo debería haber nacido ya. Dedujo que su padre estaba casado con otra mujer, la que le había abierto la puerta, y no con su madre. Abrió la mochila y dejó encima de la mesa la cinta de vídeo y las fotos en las que su padre aparecía solo. Volvió a sortear el cuerpo inerte de la mujer, y salió a la calle. Hizo el camino de vuelta andando, admirando cómo las personas eran estatuas, cómo ningún reloj osaba avanzar. De camino a casa fue pensando en todo. Se dio cuenta de que había estado imaginándose la vida de un muerto. Se dio cuenta de que su padre ni siquiera supo que tenía un hijo, de que su verdadera vida estaba lejos de su madre y de él.


Se sintió como si de repente supiera lo que es una play station, y nunca hubiera podido jugar con una. Se sintió idiota, y desgraciado, en medio de la Gran Vía. Se paró en seco. Caminó hasta ponerse ante un autobús y sólo entonces dijo:

- Veintiún años.


Fotografía extraída de anaisay.wordpress.com

lunes, 11 de mayo de 2009

Risión cumplida

Vídeo montado y producido por En el tejado de una prisión.

Te pintas la cara, te pones muy mona: PINTAMONAS

Menuda monada, pero dentro, nada

Menuda monada, pero dentro no hay nada

Zoquete, zoquete, zoquete...

Qué te he hecho yo, caramba,

carámbanos en tu alma,

almacen de nada.

menuda monada, pero dentro nada.

Te lavas, te peinas,

te vistes te arreglas,

te pintasla cara, te pones muy mona:

PINTAMONAS.

Zoquete, zoquete, zoquete...

Qué te he hecho yo, caramba,

carámbanos en tu alma,

almacén de nada.

Menuda monada,

pero luego, nada.

Mamá Ladilla