miércoles, 29 de abril de 2009

Capítulo 68

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.

Texto extraído del libro Rayuela, de Julio Cortázar.


Reproducción del cartel del 12º Festival de Cine Erótico de Barcelona.

Padre

Padre, soy pajillero, maricón y drogadicto,


bakalaero, okupa, rojo, puta y bizco.


Punki, negro y de Alcorcón.




Padre, no sé estudiar, soy pecador de la pradera,


soy un truhán, soy un señor, soy un hortera.


Y además no creo en Diós


Absolución,


absolución.




Padre, soy vago, quinqui, camarón, vasco y moraco,


contradictorio, macarrón, libre y polaco,


paranoico y desertor,


paranoico y desertor.




Padre, soy soplapollas, tengo miedo, estoy cansado,


no soy machista, ni europeo y menos, ario.


Y tampoco creo en Dios no creo en Dios no creo en Dios, no,


absolución, absolución, absolución...




Padre, no sé estudiar, soy pecador de la pradera,


soy un truhán, soy un señor, soy un hortera


y además no creo en Dios, no creo en Dios,


no creo en Dios, no creo en Dios, es lo que tengo,


absolución, absolución...





Javier Álvarez

Tengo


Tengo una faltriquera repleta de universos,

instrumentos angostos que se mueren de pena,

los cuadros sin colgar, hachís y algunos versos,

ropas que se entremezclan en un suelo de arena.


Tengo sobras de ayer, en fin, el rostro oscuro,

y la barba creciente, y el corazón menguante,

chicles por la mitad, un sujetador tuyo,

partida la ilusión, ganas de llegar tarde.


Tengo algunos amigos que no me llaman nunca,

el armario del alma, revuelto como el mar,

el sol en la ventana, ¿cuánto pesa la culpa?

Cojines por trinchera, de humano algún disfraz.


Tengo un nudo en mi voz, atado el pensamiento,

el eco de un lamento golpeando la ventana,

el cuerpo a contraluz, vacío el pensamiento,

los párpados hinchados, ¡que llegue ya mañana!


Fotografía extraída de astro-web.com

domingo, 26 de abril de 2009

Javier y Ambrosio

Como tantas mañanas, me desperté antes del alba, desvelado por los sollozos que provenían del resto de celdas. De la nuestra, nunca, durante el tiempo en que estuvimos dentro, pudo nadie escuchar un solo lamento. Al contrario, era cotidiano oírnos reír, o entonar alguna canción durante la noche, entre susurros, para no alertar a los vigilantes. Alcé los ojos y ahí estaba Ambrosio, despiojándose. Sentado sobre un extremo del camastro que compartíamos, se había quitado la camisa ajada y mataba uno a uno los piojos que iba encontrando. Con el tiempo, nos acostumbramos a la convivencia con los insectos: todos los que habitamos la 2ª galería del Penal del Puerto de Santa María a finales de los años 30 terminamos contagiados. Meses después, se extendió por toda la cárcel el piojo verde, una variedad del mismo animal, que los funcionarios trataban de neutralizar a base de zotal, hasta dejarnos la piel en carne viva. Ambrosio y yo teníamos la misma edad, aunque él parecía varios años mayor que yo. La calvicie iba apoderándose de su cabeza, y las arrugas surcaban su rostro con más profundidad que el mío. Es porque me río más que tú, solía decirme. A pesar de todo, Ambrosio seguía empeñado en despiojarse a mano. Pero, aquella mañana, había algo más en el rostro de mi camarada. Apretaba los labios fuertemente,y contraía la nariz como un jabalí, mientras acababa con los insectos poco a poco. Lo observé en silencio unos segundos, puede que un minuto completo, sin que él advirtiese que me había despertado. Los dos estábamos condenados a muerte. Cada noche fusilaban a decenas, cientos de presos políticos, como nosotros. Ahora, en la 2ª galería, las torturas habían finalizado -aunque los presos que acababan de llegar, lacerados, procedentes de otros módulos, aún gimoteaban días enteros-, pero cualquier mirada, cualquier abrazo, cualquier gesto podía ser el último.
- Buenos días, Ambrosio -dije, incorporándome.

- Buenos días -hizo un intentó por cambiar la expresión de dolor de su rostro, pero fue en vano.

- ¿Matando piojos?

- Los que se dejan.

- ¿Por eso pones esa cara?

Sólo pudo mirarme con los ojos más tristes que he visto en mi vida.


Comíamos en la misma celda, en una bandeja de hierro que contenía un caldo de verduras aguado y un amasijo de pan que rasgaba el cuerpo por dentro cuando lo ingeríamos, pero aún así esperábamos con ansia nuestra ración. Pasábamos los días en aquella celda, tan sólo nos dejaban salir una hora por las mañanas. Al cabo de pocos días, Ambrosio decidió no acompañarme al patio.

- Todavía tengo sueño -mintió.

Le costó admitir que estaba enfermo. Vivíamos en condiciones tan precarias, nos habían humillado tanto y de tantas formas, nos habían herido, nos habían condenado a muerte. Pero nosotros, Ambrosio, y yo, y los que estábamos encarcelados por motivos políticos o ideológicos, teníamos la obligación moral de no bajar los brazos, de no decaer. De no sucumbir a sus torturas, de no venirnos abajo. Y admitir que la enfermedad ha hecho mella en nosotros es el primer paso antes del final.


Ambrosio yacía en el camastro, con un jirón de mi camisa empapado en agua sobre la frente, los ojos entornados, el cuerpo ardiendo. El funcionario se acercó por el pasillo con nuestra bandeja de comida.

- ¿Ése por qué no se levanta?

- Está enfermo, y no hay plazas en la enfermería -el hombre frunció el ceño, pero depositó la comida en el suelo y se marchó. Medité unos instantes, y antes de que hubiera desaparecido, llamé de nuevo al guardia. Le ofrecí mi reloj de plata a cambio de que consiguiera una plaza para Ambrosio en la enfermería. Nunca más volví a verlo, ni a él ni al reloj.


Mi camarada solía tener pesadillas. A menudo me despertaba con sus delirios, provocados por la acuciante fiebre que lo asolaba. Yo intentaba calmarlo, y muchas veces lo conseguía. Al cabo de una semana, la boca se le llenó de llagas, y apenas podía articular sonidos inteligibles. Era evidente que teníamos que hacer algo pronto. De repente, apareció el funcionario turno con la comida. Llevaba varios días cediéndole mi ración a Ambrosio, para que se recuperase antes. Cuando el guardia asomó su bigote entre las rejas, le pedí:

- La mía y la del enfermo.

- Como siempre...

- Perdone, ¿es posible que lo vea un médico? Casi no puede hablar, tiene fiebre desde hace días, le cuesta caminar.

- Las plazas están cubiertas, no hay sitio en la enfermería.

- El doctor Sánchez está en la cuarta celda, él mismo puede echarle un vistazo.

Pero el funcionario se dio la vuelta y nos abandonó en la oscuridad. Una lágrima rodó por mi mejilla cuando escuché a mis espaldas la voz amortiguada por las llagas de Ambrosio dándome las gracias.


Una noche, mientras dormía en el suelo -le había cedido el camastro por completo a Ambrosio-, escuché cómo hablaba en sueños. Repetía el nombre de su mujer una y otra vez, y movía la cabeza de un lado a otro.

- Ambrosio -traté de calmarlo-, tranquilo. Ambrosio...

Pero aquélla fue su última pesadilla. Le cerré los ojos, lo cubrí con la manta hasta el cuello. Ninguno de los dos creíamos en dios, así que, en lugar de rezar, entoné entre llantos una de las canciones libertarias que solíamos cantar cuando éramos libres. A la mañana siguiente, como cada día, el funcionario nos trajo la comida. Antes de que pudiera hablar, el tipo escupió:

- La tuya y la del enfermo, como siempre, ¿no?

- Sí -dije instintivamente.

Y me quedé a solas, con los dos platos de comida. Y mi amigo muerto a mis espaldas.


Sé que fue ruin, mezquino, inhumano, deplorable. Digno de un enfermo. Pero la sola idea de tener doble ración de comida todos los días aumentó el plan que, involuntariamente, acababa de trazar. Cubrí a Ambrosio con la manta hasta dejar a la vista únicamente los ojos cerrados, y coloqué el paño extendido sobre la frente. Empujé el camastro hasta colocarlo al fondo de la celda, entre las sombras. Después devoré mi pan como un perro, sorbí el caldo, mastiqué con vehemencia un trozo de rábano manido. Después, entre lágrimas, hice otro tanto con la ración de Ambrosio.


Al cabo de cuatro días, la celda desprendía un fétido hedor que había llamado la atención del resto de presos. El guardia de turno, que apareció con la bandeja de comida, dio parte al Director de la prisión. Al poco, tres funcionarios acudieron con mascarillas, un cubo de agua y un pulverizador de zotal, y descubrieron a Ambrosio muerto.


Ésta, y sólo ésta, es la verdadera razón por la que me encuentro encerrado aquí, en este manicomio. Nunca podré vivir con la culpa de no haber dado, como merecía, sepultura a mi amigo, mi camarada. Mi hermano. Así sucedieron los hechos, madre, no como te ha contado la policía. Aún así, hoy termina nuestro sufrimiento, el tuyo y el mío. Y no quiero lágrimas. Acción es lo que necesita la juventud y la clase obrera.


¡Que seas feliz!


Javier


Nota de suicidio hallada junto al cuerpo sin vida del interno 216.499, en el Hospital Psiquiátrico de Madrid.


La fotografía está extraída de baixaki.com.br
El texto está inspirado en el libro Decidme cómo es un árbol, de Marcos Ana.

viernes, 24 de abril de 2009

Previsión para el fin de semana


Fin de semana: anhelo de esperanzas,

retablo amarillento, verdes ojos,

reencuentros, un estadio blanco y rojo,

una acuarela azul que se desangra.


Fin de semana: pobreza, y el exilio

de estar solo en casa con mis temores,

bajar a por tabaco, comprar flores,

regalarlas a aquél que pida auxilio.


Fin de semana: andanzas tan ajenas,

que sin ser mentira, no son ciertas;

accedan al redil, que se diviertan,

taquilla bajo el sol, reloj de arena.


Fin de semana: domingo por la tarde,

cansancio en el salón, y la cocina

llena de platos, sucios de rutina.

La radio va durmiéndome. Cobarde.

Somos


Soy un ave rapaz, un mechero
con la piedra gastada, un reloj
que tiene atrasado el minutero,
y que nunca me marca las dos.

Eres un vendaval, unos labios
hechiceros, un ángel de bronce,
un te quise, un no sé, un calendario
con los meses cambiados de orden.

Soy un álbum de fotos marchito,
un papel al final del cajón,
una cuenta hacia atrás, soy un grito,
soy un gato estirándose al sol.

Eres un malabar, un acierto
del azar, una mancha rojiza,
un dibujo eterno, un libro abierto,
un color, un pincel, una tiza.


Soy un triste final, un no puedo,
un no arrastres los pies, un quizás,
un Dalí aburrido en el museo,
un Quijote a punto de llorar.

Eres un manantial, una siesta
a deshora, un colapso de paz,
un hurón, una noche perfecta,
un recuerdo, una gorra, un lunar.


Soy un loco de atar, el payaso
asesino de tu levedad,
el truhán que no teme a la muerte,
sobre todo, porque ha muerto ya.

Eres luz, olor a hogar, sonrisa
en mi boca, pienso al despertar
cuando la camarera me avisa:
a la calle, vamos a cerrar.
Fotografía extraída de tardesgrises.wordpress.com

jueves, 23 de abril de 2009

Bienvenido


Las paredes de piedra y acero
te dijeron adiós. Te reciben
entre ayes tu madre y el cielo,
y tu vida, y también quien escribe.

Y tus ojos, una chispa viva;
y tu piel, con un suave moreno;
pantalones rotos, y camisa;
y jirones de oro por el pelo.

Y te metes de lleno en las luces
de Madrid. Y, cómo pasa el tiempo,
¿no fue ayer cuando fuiste de bruces
contra el suelo oscuro del talego?,

¿no fue ayer cuando mandabas cartas,
y con ellas decías te quiero?
Pero es hoy cuando más hace falta
olvidar lo que hiciste. En el tiempo

que pasaste lejos de nosotros,
con tu voz se meclaba el silencio,
y tu ausencia eran tres platos rotos
resonando en el eco de un templo.

Nada tiene de qué arrepentirse
el que llora y sufre su condena:
si no, no habrá valido la pena
entre cuatro paredes morirse.

Fotografía extraída de blog.pucp.edu.pe

martes, 21 de abril de 2009

J y N

De la noche a la mañana, me independicé. El primer fin de semana, me lo pasé bebiendo y vomitando a partes iguales. Por eso, no fue hasta el lunes cuando tomé consciencia de mi nueva situación. Sonó el despertador, abrí los ojos, y todo a mi alrededor era nuevo: mi cama, los muebles -cuando me mudé, ni siquiera había-, el olor de la casa. La ducha, las neveras, la ruta hasta el trabajo. La ausencia de mi madre. Mis compañeros.

Huyendo de Chávez se topó con la crisis mundial; al igual que yo, huyendo de la dependencia materna, me topé con él. J llegó con la maleta llena de deseos, la cabeza repleta de dudas, y el corazón hasta arriba de sueños. Deambuló por Madrid, imagino que se dejó devorar por ella como todos hemos hecho. Conoció el metro, El Retiro, las aceras, los bares. Y no creo que tardase demasiado en camuflarse entre el resto del mosaico de la ciudad. Al fin y al cabo, ¿quién puede ser, hoy, diferente? Un buen día, vio un anuncio en el periódico, se alquila habitación, y desde entonces, vive con N.


Conozco a N desde hace varios años. Tiene la voz ronca, y quizá sea la única parte áspera de su ser a la que le permite comportarse así. Al resto, trata de imponerle una ley de regaliz dulce. Es un animal nocturno, que se esconde del sol bajo unas gafas grandes, un sombrero a cuadros, o unos tirantes. El mañana no existe, la vida es una sucesión de días que nos mecen hasta el siguiente, y N siempre vive en el hoy. A veces, llega a casa por la mañana, transformado, y tira por la ventana lo que no le gusta de la casa, y de él mismo. Al día siguiente se despierta curado, y J y yo lo recibimos abiertos de brazos.


Por si fuera poco, ahí fui a entrar yo. Un poco asustado, pero libre al fin. Me fui haciendo a nuestras nuevas costumbres: el armario roto del pasillo, la música de N por las mañanas, el acento de J y las exóticas palabras que utiliza. El olor permanente a marihuana, la bici aplastada contra el tendedero. La caldera renqueante, la x box -qué pronto nos acostumbramos a lo bueno-, las fiestas en el salón. El portero, las nuevas vistas desde la ventana, los sonidos de los vecinos, distintos a los que escuchaba desde la casa de mi madre. Me acostumbré a todo esto, y a más.


Quizá es a mí mismo a lo que más tardo en habituarme. Que dos hombres te abran las puertas de su casa, facilita mucho las cosas.


Gracias.

ATM-NUM: Banega, el último indio del Manzanares

Como los miembros de un viejo matrimonio, ya conocemos nuestras brillantes virtudes y nuestros tediosos defectos. Por ejemplo, yo me siento a ver un partido del Atleti como si al llegar a casa, me esperase mi mujer, tras 25 años casados: sé lo que me tiene preparado para cenar -lo de siempre-, sólo falta por saber si se le quemará en el horno o no. Y durante más de una hora estuvo oliendo a chamusquina en el Vicente Calderón. Hasta que apareció Banega.

Ese chico, que visto desde las gradas no parece tener un físico portentoso, ni una velocidad pasmosa -ni siquiera es guapo, se jactó una chica sentada varias filas más abajo, cuando Abel recurrió a él como se acuerda uno de su madre cuando desoye sus consejos y la caga-. Pero entró en el campo a los 55 minutos, con su cara de indio, y puso patas arriba lo que había sobre el césped, que era bien poco. La primera parte había sido un acoso tenue del Atleti, que rondaba el área numantina como un adolescente enamoradizo el portal de la chica que le gusta: sin atreverse a entrar. Cuando estuvo más cerca, el portero se encargó de neutralizar los ataques, e incluso uno de los defensores sacó una pelota de gol bajo palos tras un córner. Como digo, la película nos la conocemos: el Kun sigue a lo suyo -¿por qué algunos futbolistas sufren un extraño síndrome que transforma su apariencia hasta convertirlos en sucedáneo de modelos que pasean por el campo y ponen posturitas? Le está pasando al Kun, le pasó a Luis García, Guti nació así-. Forlán también iba a su bola, pero éste es otro tipo de jugador, creo. Él persiste hasta lograr el premio del gol, tiró a puerta entre siete y diez veces para conseguir un tanto en el último disparo que ejecutó. Eso es perseverancia. Era el dos a cero, y los fantasmas se alejaban. La defensa apenas se veía inquietada, y ese fue el peor error del Numancia, porque, como está demostrado, si al Atleti se le apunta, se le acaba dando. O se acaba dando él mismo. Pero una defensa sin Seitardis, ni Pablo, ni Pernía, no da juego. No hay color. Cuando juegan estos tres, la zaga rojiblanca se asemeja más al plató de una función de variedades: Seitaridis ha elegido el fútbol, pero podía haber sido el sucesor de Buster Keaton y Charlot, con sus tropezones y sus autogoles; Pablo me recuerda inevitablemente a Jaime de Marichalar -eso sí, antes del jamacuco-; mientras que Pernía es algo así como el Pepe Viyuela del fútbol, pero no el que sale ahora en Aída, sino el que se quedaba enganchado en sillas plegables y escaleras.


El tres a cero lo puso Simão -el pequeñito que flota por la banda izquierda-, desde la frontal y tras tocar en un defensa. Tres goles, tres puntos, y a tres puntos de la Champions. Pero la afición ve los partidos de su equipo como mi madre mi expediente académico. La confianza escasea, y no por el calendario -porque lo peor ya ha pasado, y demasiado bien hemos terminado-, sino por la capacidad del equipo para morderse su propia lengua al comerse a su presa.


Fotografías extraídas de eurosport.yahoo.com, alicantevivo.org, blogys.net, as.com, elmundo.es y goal.com.

viernes, 17 de abril de 2009

Pequeña carta al mundo

Los dientes de una ballesta
me tienen clavado el vuelo.

Tengo el alma desgarrada
de tirar, pero no puedo
arrancarme estos cerrojos
que me atraviesan el pecho.

Siete mil doscientas veces
la luna cruzó mi cielo
y otras tantas, la dorada
libertad cruzó mi sueño.
El Sol me hace crecer flores,
¿para qué, si estéril veo
que entre los muros mi sangre
se me deshoja en silencio?

No sabéis lo que es un hombre,
sangrando y roto, en un cepo.
Si lo supieseis vendrías
en las olas y en el viento,
desde todos los confines,
con el corazón deshecho,
enarbolando los puños
para salvar lo que es vuestro.
Si llegáis ya tarde un día
y encontráis frío mi cuerpo;
de nieve, a mis camaradas
entre sus cadenas muertos…
recoged nuestras banderas,
nuestro dolor, nuestro sueño,
los nombres que en las paredes
con dulce amor grabaremos.
Y si no nos cerráis los ojos
¡dejadnos los muros dentro!
que se pudran con el polvo
de nuestra carne y no puedan
ser nuevas tumbas de presos.
No sabéis lo que es un hombre
sangrando y roto, en un cepo.
Si lo supierais vendríais,
en las olas y en el viento,
desde todos los confines,
para salvar lo que es vuestro.
Si llegáis ya tarde un día
y encontráis frío mi cuerpo
buscad en las soledades
del muro mi testamento:
al mundo le dejo todo,
lo que tengo y lo que siento,
lo que he sido entre los míos,
lo que soy, lo que sostengo:
una bandera sin llanto,
un amor, algunos versos…
y en las piedras lacerantes
de este patio gris, desierto,
mi grito, como una estatua
terrible y roja, en el centro.

Marcos Ana
Fotografía extraída de skatergorix.wordpress.com

Una pareja perdida

Iban los dos vestidos con descaro
—minifalda, melenas—

cogidos de la mano,

tan jóvenes que casi daban miedo,

tan absortos en un cero

que, aunque no se veían, les unía absolutos

algo fieramente puro.

Iban a cualquier parte cogidos de la mano.

Se amaban sin tristeza,

ni alegría, ni nada.

Y a veces se miraban, pero no se veían.

Y luego se sentaban en un banco cualquiera.

Pero no se veían.

Ella era muy bonita; parecía aturdida;

él, feroz y esmirriado.

No hablaban. No tenían ya nada que decirse.

Ya no se deseaban.

Pero seguían juntos, cogidos de la mano,

frente a algo que espantaba.


Mientras el transistor seguía sonando.


Gabriel Celaya

Fotografía extrañida de psicocenter.es

Walking Around


"Sucede que me canso de ser hombre,
sucede que me canso de mi piel y de mi cara,
sucede que se me ha alegrado el día -¡coño!-
al ver al sol secándose en tu ventana tus bragas"

Extremoduro

Sucede que me canso de ser hombre.
Sucede que entro en las sastrerías y en los cines
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro
navegando en un agua de origen y ceniza.

El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,
sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.

Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.

Sin embargo sería delicioso
asustar a un notario con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío.

No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sueño,
hacia abajo, en las tapias mojadas de la tierra,
absorbiendo y pensando, comiendo cada día.

No quiero para mí tantas desgracias.
No quiero continuar de raíz y de tumba,
de subterráneo solo, de bodega con muertos
ateridos, muriéndome de pena.

Por eso el día lunes arde como el petróleo
cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,
y aúlla en su transcurso como una rueda herida,
y da pasos de sangre caliente hacia la noche.

Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas,
a hospitales donde los huesos salen por la ventana,
a ciertas zapaterías con olor a vinagre,
a calles espantosas como grietas.

Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos
colgando de las puertas de las casas que odio,
hay dentaduras olvidadas en una cafetera,
hay espejos
que debieran haber llorado de vergüenza y espanto,
hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.

Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloran
lentas lágrimas sucias.

Pablo Neruda

La fotografía está extraída de mytropicalescape.com

Mi Gran Hermano


Es una lástima que las mejores ideas, con frecuencia acaban perdiendo su esencia y sucumbiendo al poder de contentar a la masa. Ocurrió con la televisión, y a la vista está. Ocurrió también con Gran Hermano. Actualmente es una bazofia de programa, no exiten calificativos que alcancen a abarcar semejante atentado contra los derechos fundamentales de la salud mental. Pero pudo haber sido la hostia. Los guionistas se dedicaron a juntar frikis. Y claro, salió lo que salió. Bueno, eso fue al principio, después directamente metían gilipollas. Qué gran idea desperdiciada.


Yo hubiera metido diez cerebros en aquella casa. Hubiera juntado a los diez mejores hombres del planeta, y los hubiera puesto a pensar. Evidentemente, surgiría la pregunta: ¿quienes son los diez hombres más inteligentes del planeta?, ¿a quiénes merecería la pena obligar a convivir?, ¿cuál sería el resultado de mezclar, en el mismo puchero, a Einstein, Cortázar, Mahatma Gandhi, Bob Marley y el Ché?

Evidentemente son supuestos absurdos, pero si yo tuviese que poner en marcha un Gran Hermao en España, es decir, que el requisito fundamental fuese que los participantes hablasen español, mis elegidos serían:

1 José Saramago
2 Antonio Gala
3 Robe Iniesta
4 Antonio Escohotado
5 Julio Anguita
6 Eduard Punset
7 Marcos Ana
8 Andrés Calamaro
9 El Gran Wyoming
10 Joaquín Sabina

Y a ver qué salía...

Y lo presentarían Angy Fernández y Michelle Jenner.

Fotografía extraída de plastico.tv

¿Cómo?


Como un viaje atrás en el tiempo, en el que sé que no debo tocar nada para no alterar el futuro.

Como una foto de carné antigua que, al mirarla me hace sonreír, pero a la vez me recuerda que nunca más volveré a ser tan joven.

Como un emigrante que vuelve a su ciudad y lo encuentra todo cambiado, a mejor, pero sin haber podido ayudar en nada.

Como un poeta que descubre su verso más fresco en un poema antiguo.

Fotografía extraída de matematicasypoesia.com.es

Cama


Cama, océano a cuatro patas.
Mujer de proa y popa, alejándose del tiempo,
saliendo mar adentro.

Escarba, el cuerpo es una rampa,
un tobogán y abajo el alma, siempre tan plegada,
el aire de tu boca la levanta.

Nada más dulce que verte dormida,
sólo es más dulce ver cómo despiertas,
tu cuerpo es la luz de las espigas,
ojalá no me hubiese dado cuenta.
Agárrate a mi cuello, que hay mucha distancia
entre la cama y el suelo.

Cama, y tu piel de ambulancia,
y el botiquín de tus poros,
y la ventaja de no ver amanecer con las persianas bajadas.

Es más fácil pensar que no te vas,
te necesito y no lo digo, y ya dependo de tus gestos,
estás tan cerca como lejos el universo.

Nada más dulce que verte dormida,
sólo es más dulce ver cómo despiertas,
tu cuerpo es la luz de las espigas,
ojalá no me hubiese dado cuenta.
Agárrate a mi cuello, que hay mucha distancia

entre la cama y el suelo.

Paco Bello.

Fotografía extraída de asesordebolsa.blogia.com

Todo esto


Apretaré los dientes hasta oír el chasquido. Repetiré los mismos errores -como símbolo de mi personalidad, si queréis-, vaciaré los lacrimales con saña sobre tu recuerdo, a pesar de que no es necesario, hoy, recurrir a él. Me debatiré entre dos suertes, maldeciré a quien fui y en quien me convertiré.

Patalearé colgado de un cable en la plaza mayor, esquivaré los tomates sobre el escenario de tus faldas. Me pondré un calcetín de cada color, los pantalones rotos. Gritaré en el autobús ¡me llamo Noviembre! Anudaré a la corbata de mi jefe una flor blanca de fieltro. Quemaré los ordenadores de la oficina en tu honor. Me desharé del disfraz de conejo, hasta estaría dispuesto a utilizar aquel estúpido traje de hombre que se apolilla en un cajón de mi pasado.

Pondré en un altar el teléfono a la hora convenida. Me alimentaré de tierra, como los habitantes de Manderley. Delinquiré como el Vaquilla. Viviré varias vidas, como la Ana de Médem, eso sí, a cuál peor. Me quitaré la sudadera y advertiré una mancha de vino, o sangre, y todo el bar reirá un chiste que no entiende, mientras diserto en el lavabo con la imagen del espejo.

Todo esto haría por ti.

Fotografía extraída de demilapola.blogspot.es

Caballero andante (¡no me dejéis así!)


¿Acaso no has visto el cartel?:

"Prohibida la entrada de ranas".

Y el cerebro se me empieza a deshacer,

pero yo no estoy loco, -¡que yo no estoy loca!-,

que yo no estoy loco.

Y ahora, ¿a qué vamos a jugar?


Sueño de aroma, y luego... nada;

andrajos, rencor, filosofía.

Roto en tu espejo tu mejor idilio,

y ya de espaldas a la vida,

es tu oración de la mañana:

¡Oh!, ¡para ser ahorcado, hermoso día! (1)


Salgo de cero; lo primero, el frío y el calor.

Luego me dejo llevar.

Salgo de cero, a ver si entiendo la vida mejor,

luego me estudio cada sensación.

Salgo de cero; lo primero aprender a volar.

Luego me dejo caer.

Salgo de cero, y voy dejando todo tan atrás

que hoy no me vale la ropa de ayer.


Cuando no hay nada que hacer,

yo puedo ser, con rocín flaco y galgo corredor.

Cuando no hay nada que hacer,

vuelvo a empezar: soy Don Quijote,

y el molino -¿dónde está?


Dejo de ser con rocín flaco y galgo corredor;

cuando no hay nada que hacer puedo elegir

¡Paso de todo! ¡Quieto, jabalí!

Ni tú, ni yo, ni perro que nos ladre,

ni el calor del sol.


Hoy morirán hojas y animales,

más no morirán para siempre.

Y en su transformación de mañana

darán con más calor,

a la tierra de su muerte,

pasado mañana, brotes de esperanza.


¡Y yo no he muerto!.

Si tengo frío, me caliento.

Si tengo miedo -que no lo tengo-

susurro y pienso, y para mañana,

ya me he comidomi pequeña ración de esperanza. (2)


(1) Extraído del libro "Las soledades del muro", de Marcos Ana.

(2) Extraído del poema "Una sola puerta abierta", de Manolillo Chinato.

Reproducción de "El Día Siguiente", de Eduard Munch.

Días


"Sin patria ni bandera, ahora vivo a mi manera,

y es que me siento extranjero fuera de tus agujeros.

En mi carné de identidad, tu culo es mi localidad

miente el destino para hacer que no te vuelva a ver."


Extremoduro


Hoy me recibe la mañana del domingo con platos sucios, calor y ausencia de nubes. Ayer, el teléfono se pudrió esperando sonar, y yo pergeñé mi futuro inmediato avistando sombras en la acera desde la ventana del salón.

Ayer me encontraba subido a bordo de un tren en marcha, rodeado de gente extraña, y miraba por la ventanilla las luces de la ciudad que dejaba atrás. Hoy, sin embargo, parece que me hallo en la plaza de mi pueblo, y el sol me sonríe, y la bici me susurra cosas feas.

Hoy el día es una piscina de agua tibia; ayer fue una caída libre por un tobogán lleno de clavos. Mañana será un lunes más, con gafas y bigote, y un pañuelo arrugado en el bolsillo. Pasado mañana será martes, que no es otra cosa que un lunes repetido. En el trabajo trataré de parecer un ser humano, y la semana me mecerá de un día a otro, hasta el próximo fin de semana.

Eso sí, espero no encontrar revelaciones en los lavabos esta vez.

La fotografía está extraída de utic.edu.py

De noche





"Ya hemos tocado el fondo del retrete... y ahora sólo hay que escarbar en la loza"
Juan Manuel Ruiz


Hay fines de semana en que me empeño en autodestruirme. Bebo y lloro, vomito y grito tu nombre. Creo que hasta ayer, no sabía por qué lo hacía, no alcanzaba a compender por qué tanta insistencia en perder la lucidez, la vergüenza y, por qué no decirlo, incluso la consciencia. Pero ayer volvió a pasar. Sí, ya lo sé. La última vez que pisé una discoteca me juré no volver a hacerlo, pero huyendo de las procesiones, los recuerdos mortificantes y de mí mismo, que también tengo lo mío, allí me encontraba de nuevo, entre Umas Thurman, Alaskas y Johnnys Depp fotocopiados.

En efecto, el alcohol no avisa. Por lo menos, a mí. A lo mejor es falta de comunicación entre nosotros. Sería más educado por su parte que, un suponer, al cuarto cubata, me susurrase te estás pasando; al quinto me dijese deja de beber; y al sexto me arrebatase el vaso de la mano y me gritase cruzado de brazos mírate al espejo. Pero no, es un traidor, ataca de golpe, me descarga la batería en cuestión de segundos. Estaba hablando tranquilamente, y de pronto lo noté llegar. Un sudor frío me bañó la frente, y las rodillas me temblaron. Hice rápidos cálculos (porque no sé si será a mí sólo, pero en estos lances, a pesar de quedar físicamente anulado, mi cerebro rige con toda lucidez): el abrigo está en el ropero, no me da tiempo a cogerlo y salir del garito; mis amigos están hablando con unos tipos que parecen sacados de la película El Cristal Oscuro y las posibilidade de que me ayuden son muy escasas; el baño está muy cerca, y no parece haber mucha gente.

Así que, tomada la decisión, encaminé mis nada ortodoxos pasos hacia los aseos. Como había aventurado, no hube de esperar demasiado hasta que uno de ellos se vació, y una vez me hallé dentro y hube cerrado a mis espaldas la puerta, dejé que mis rodillas se doblasen y mi cuerpo se derrumbara sobre el charco pestilente en que se había convertido el suelo a aquella hora de la madrugada.

Y fue precisamente en ese instante cuando ocurrió. Recostado contra la puerta, las piernas abiertas como un paréntesis que encerraba la taza del váter, un charquito de vómito marrón a mi derecha sobre el gran charco amarillento, los ojos vidriosos clavados en la cisterna. No se puede caer más bajo, pensé. Recuerdo que sonreí, ya digo que no dejé de ser consciente de lo que ocurría. En ese momento comprendí por qué lo hacía, por qué dejaba que mi vida se desplomara ladera abajo mientras yo hacía la foto desde arriba. Lo hacía como una maniobra de distracción, como el que se pellizca un brazo para olvidar que le duele el estómago. Mientras me mantenía ocupado vomitando por los lavabos de medio Madrid, olvidaba el verdadero motivo de m tristeza. Y, si me veía como a un auténtico desgraciado, en el fondo pensaba que me lo merecía. Y si después necesitaba animarme, pensaba que, cuando no puedes caer más bajo, cuando lo has perdido todo, cuando tu tiempo ha acabado y además piensas que lo tienes merecido; cuando estás lleno de mierda -o de orina-, algo te dota de cierto poder. De una fuerza inusitada que sale de adentro, quizá producto de una fusión con la parte más sucia, esencial y escondida de ti mismo.

Después pasaron varias cosas: un portero consiguió entrar en el baño (a duras penas, ya que al encontrame yo apoyado contra la puerta, la tarea fue bastante ardua) y, tras una breve conversación que no acierto a reproducir con exactitud, en la cual salió a relucir mi madre, consiguió el empleado de la discoteca vencer sus prejuicios y recoger del suelo mi maltrecho cuerpo semi inerte empapado en orín. Sujetándome entre sus manazas, me sacó del lugar (para lo cual hube de subir tres tramos de escaleras y cruzarme con decenas de personas, para vergüenza mía y entretenimiento de ellas, pese a tratar de esconder la cabeza como los presidiarios al entrar al juzgado) y me sentó en un portal. Para mi sorpresa, el sujeto me preguntó si tenía algo en el ropero, a lo cual yo contesté tendiéndole el ticket. En cinco minutos, me hubo subido la chupa, y no sólo eso, sino que me la puso por los hombros en un gesto que le honrará toda su vida. No sé si ahora el gremio pasa más controles de calidad, si realmente no era un portero sino mi ángel de la guarda, o si simplemente le di pena, pero lo único que le faltó fue buscarme un taxi, cosa que tuve que hacer yo mismo.

Al llegar a casa volví a vomitar, y como no había nadie que me pudiera oír, también lloré, repetí tu nombre y dejé que resonara en el eco del baño hasta que me quedé dormido.

La fotografía está extraída de telefonca.net

Te juzgarán sólo por tus errores (yo no)


Su herida golpead de vez en cuando;
no dejadla jamás que cicatrice:
que arroje sangre fresca a su dolor,
y eterno viva en su raíz el llanto.
Si se arranca a volar, gritadle a voces su culpa:
¡qué recuerde!
Si en su palabra crecen flores, nuevamente,
arrojad pellas de barro oscuro al rostro;
pisad su savia roja.
Talad, talad. que no descuelle el corazón
de música oprimida.

Si hay un hombre que tiene el corazón de viento,
llenádselo de piedras y hundidle la rodilla sobre el pecho.
(Pero hay que tajar noche
- tajos de luz- para llegar al Alba
y acuchillar los muros de las heridas altas
y ametrallar las sombras con la vida
en las manos sin paz, amartillada).

Tengo más vidas que un gato:
me muero siempre, y me mato
un poco cada vez que muere
cualquiera de mis hermanos:
la hierba, ratones,
las tías, los gitanos,
los peces, los pájaros,
los invertebrados,
las moscas, los niños,
los perros, los gatos,
la gente, el ganado,
los piojos que mato,
los bichos salvajes,
los domesticados,
y que pena, si mueres, de los pobres gusanos.
Tú, arranca: yo oigo gritar a las flores.
Allá tú con tu conciencia,
yo soy cada día más malo;
estoy perdiendo la paciencia.
Tú, arranca, yo aprendo como aguilucho.
Vuelo a un mundo imaginario…
(No puedo seguir: escucho
los pasos del funcionario).
Extremoduro

Las estrofas en cursiva están extraídasdel libro “Las soledades del muro”, de Marcos Ana.

La fotografía de Marcos Ana está extraída de lamemoriaviva.files.wordpress.com