- Mira... Yo ligaba con chicas más que cualquiera de mis amigos. Con dieciocho años, estaba con dos chicas a la vez, Marina y Gloria. Una noche, currando en el bar, estaba limpiando la barra, y me dio por pensar. Sí, si, por pensar, a ver qué te crees... No podía seguir en aquella situación, para mí suponía mucho estrés, había días que quedaba primero con una y luego con la otra, las dos sospechaban. Pero la dos follaban de vicio. Con Gloria me encantaba salir de juerga, bailar, desatarme. Pero, aún hoy, echo de menos aquellas conversaciones con Marina a la luz de las velas en su casa. Además, tenía más dinero que Gloria, menos preocupaciones. No obstante, la manera que Gloria tenía de ver el mundo me fascinaba. Aunque, en el fondo, las dos me aburrían. Así que dije: si la primera persona que entre en el bar es una mujer, me quedo con Marina; si es un hombre, me quedo con Gloria.
Te ofrecemos la posibilidad de participar en una encuesta para decidir el tema del primer post del mes de junio. Sólo tienes que escoger la opción en la parte derecha del blog. Si ninguna de las que he propuesto es de tu agrado, puedes dejar un comentario en este post proponiendo tu alternativa, y la incluiré en la lista en cuanto lo lea.
Valencia, diez menos algo de la noche. Athlétic Club de Bilbao y F. C. Barcelona se preparan para disputar la final de la Copa del Rey. Ambos equipos se la merecen, opino. Cuando los monarcas hacen acto de aparición, la mayor parte de las dos aficiones silban; cuando suena el himno español y los jugadores se cuadran como militares, los pitos aumentan. TVE lo censura, pero los hechos se filtran al día siguiente -hoy-.
¿Falta de respeto? Hablan de nacionalismo. Yo no soy nacionalista, pero tampoco monárquico. El Marca clama al cielo. ¿Es obligatorio ser partidarios del Borbón? ¿Dónde queda la libertad de expresión? ¿Es necesario enderezar la espalda cuando suena el himno? En un campo de fútbol -paso mucho tiempo en uno de ellos- el público es soberano, aplaude y silba lo que cree oportuno. Va en el precio de la entrada. ¿Hay que ceñirse a lo que se ve en el terreno de juego? No lo creo, a menudo los pitos van dirigidos no sólo a los jugadores rivales, sino también al palco. Y si en el palco está Juan Carlos saludando con su manaza, chupando cámara, puede recibir vítores o abucheos, y las dos cosas son legítimas.
Otra cosa es proferir insultos racistas: nadie, por el hecho de ser negro, merece escuchar a varios energúmenos imitar el sonido del mono. O exclamar al unísono: Juan Carlos, cabrón, saluda al campeón. ¿Pero acaso hay que adorar al Rey allá por donde va? ¿No se puede expresar el reproche a la monarquía, a la marcha militar que es el himno de nuesro país, en forma de silbidos?
No se deben mezclar fútbol y política, dicen algunos. Por mí, perfecto. Que la Copa del Rey se suprima, que pase a llamarse Copa de España, y que no la entregue Juan Carlos (se están mofando de ti), sino el presidente de la federación, que menudo individuo también, pero al menos se trata de un cargo electo, no una "burda imposición apolillada".
Hubo un tiempo en que todo giraba alrededor de un balón, unos hamsters y unos cuentos de Barco de Vapor de color naranja, aunque los recomendados para su edad eran los azules. Su madre sólo vivía para él y sus palabras eran la única verdad sobre la faz de la tierra. Ni siquiera había llegado a plantearse nunca por qué motivo sólo estaban su madre y él, por qué faltaba su padre. Aquel niño se había criado sin padre lo mismo que otros niños se crían sin play station, y no había resultado traumatizado. No le importaba que su madre evitase el momento de hablar del tema, y comprendía a la perfección que fuese una situación incómoda para ella. Además él sabía cuándo no debía molestar.
El tiempo pasó lentamente, como pasa el tiempo cuando somos pequeños, y un buen día, el niño, ya con 15 años, intentó dar con el teléfono de su padre. Lo buscó en la guía, y una tarde se decidió a llamar. Después del cuarto tono siempre salía la misma voz encarnada en un contestador, demasiado grave para ser de mujer, y demasiado aguda para ser de hombre. El chico probó también a llamar al día siguiente, y la misma voz inexpresiva lo volvió a invitar a dejar un mensaje. Él volvió a rechazar la propuesta. Lo que no puedo evitar fue imaginarse a su padre. Intentó hacer un dibujo inspirado en viejas fotos y una cinta de VHS, coloreado con lo que le habían contado algunos familiares, y con la voz que había escuchado dos tardes seguidas por teléfono.
El verano pasó de forma fugaz, como pasan los veranos cuando somos pequeños, y nuestro amigo no faltó a su cita con el teléfono ni un solo día. Únicamente una vez se atrevió a dejar un mensaje: "soy yo". No pudo decir la palabra papá porque le parecía extraño pronunciarla por primera vez después de quince años.Los veranos siguieron pasando... Es curioso cómo varía la percepción del tiempo dependiendo de la edad que tengamos. Un día, precisamente cuando nuestro amigo cumplía 21 años, sin saber por qué, volvió a recordar aquel verano en el que, en cuanto se quedaba solo en casa, marcaba el número que había extraído de la guía y escuchaba aquella voz. Y esa misma noche se atrevió a llamar de nuevo. Sonaron cuatro tonos... y un quinto. Y la misma voz del contestador habló para decir algo distinto a lo que nuestro amigo escuchó aquel verano, el verano de sus 15 años.
- ¿Sí?
El chico experimentó el más acusado nerviosismo de su vida, y se escuchó decir:
- ¿Está Luis?
Tras un silencio, la voz dijo:
- ¿Luis? ¿Qué Luis?
- Luis... Pérez.
- ¿Quién lo pregunta?
El cerebro del joven pensó: tu hijo. Su boca pronunció:
- Un buen amigo.
- Lo siento, pero el señor Luis murió hace cinco años en un accidente.
En ese instante el mundo se paró. Nuestro amigo no sabe cómo, pero a los pocos a los que cuenta esta historia, les dice que miró por la ventana y los autobuses rojos estaban quietos. La gente que cruzaba la calle se había quedado inmóvil. El reloj de su cuarto marcaba las 21:49 irremediablemente.
- ¿Sigue ahí?
Sólo cuando comenzó a hablar, nuestro amigo pudo ver cómo los cláxones resonaban de nuevo sobre el asfalto, y su reloj daba las diez menos diez. Pensó: diez menos diez no es nada.
- Sí... lo siento, me ha impresionado.
- Lo comprendo. Yo soy su mujer, ¿le conozco?
De nuevo el ruido de la calle cesó y el tráfico volvió a detenerse. Una vez más, cuando volvió a hablar, las cosas volvieron a la normalidad.
- Me temo que no... Es sólo que tenía algunas cosas para él, y preferiría que se las quedara usted.
La mujer tardó en contestar pero finalmente accedió. Le dio su dirección, que quedaba en la otra punta de la ciudad, y el chico se dirigió hacia allí con una mochila. El tiempo que pasó viajando en metro le pareció increiblemente corto.
Llegó ante el portal, y llamó al timbre. La puerta se abrió con un graznido sin que nadie contestase al telefonillo. Subió las escaleras hasta el tercer piso, y se acercó a una puerta entreabierta. Llamó prudentemente con el dorso de la mano, y una señora de unos cincuenta años apareció en el marco mirándolo como si no esperase su visita. Finalmente dijo con voz grave:
- Te imaginaba más mayor, ¿cuántos años tienes?
Cuando iba a contestar, percibió cómo el rictus de su anfitriona se congelaba. Abrió la boca para decir su edad, pero se contuvo. Miró su reloj y el tiempo estaba, una vez más, detenido. Sin tocar a la mujer, la rodeó, y se adentró en su casa. Avanzó por un pasillo y llegó al salón, donde contempló las fotos de la pared, y las estanterías, y las mesillas... En ellas vio a su padre y a aquella mujer, bastante más jóvenes. Calculó que deberían tener unos treinta años. Echó cálculos y concluyó que por aquellas fechas, él mismo debería haber nacido ya. Dedujo que su padre estaba casado con otra mujer, la que le había abierto la puerta, y no con su madre. Abrió la mochila y dejó encima de la mesa la cinta de vídeo y las fotos en las que su padre aparecía solo. Volvió a sortear el cuerpo inerte de la mujer, y salió a la calle. Hizo el camino de vuelta andando, admirando cómo las personas eran estatuas, cómo ningún reloj osaba avanzar. De camino a casa fue pensando en todo. Se dio cuenta de que había estado imaginándose la vida de un muerto. Se dio cuenta de que su padre ni siquiera supo que tenía un hijo, de que su verdadera vida estaba lejos de su madre y de él.
Se sintió como si de repente supiera lo que es una play station, y nunca hubiera podido jugar con una. Se sintió idiota, y desgraciado, en medio de la Gran Vía. Se paró en seco. Caminó hasta ponerse ante un autobús y sólo entonces dijo:
Son las nueve de la mañana. Un fin de semana más, el salón de casa está atestado de gente que no conozco. Dan palmas, cantan, su felicidad se filtra a través de las paredes colándose en mi habitación. Conciliar el sueño es imposible, y esta tarde tengo que trabajar, así que lo mejor será ducharse y salir.
Busco la paz en la calle: mi barrio está muerto durante toda la semana, pero llegado el domingo, el cadáver se descompone. Un hombre con pantalón de chándal y camisa remetida, avizora la calle como un perro de presa mientras blande el ABC; una sudamericana arrastra por el collar al perro de la familia para la que trabaja, y lo ata con saña a una farola; un hombre sin piernas pide limosna a la puerta de una pastelería, sin otro consuelo que dejarse embriagar por el olor que emana de la tienda; tres jóvenes, ataviados con camisetas del Atleti, deambulan cabizbajos en torno al Manzanares; una pareja discute a gritos y ella estampa el móvil contra el suelo cuando paso a su lado; numerosos jubilados se desplazan lentamente por las aceras tratando de distinguir si el semáforo está en rojo o en verde; una veinteañera, con trazas de no haberse acostado aún, hace equilibrio sobre sus tacones, el bolso pendulante a un costado; un gitano intenta arrancar su furgoneta; un muchacho pierde por poco el autobús, y fija en mí su mirada, furioso; un niño se cae de la bici y llora tendido en el suelo; un negro corre hacia Pirámides mientras un gran fardo de cedés rebota en su espalda.
Me siento en un banco sobre el puente de Toledo, de cara al Manzanares, y sin quererlo empiezo a tararear canciones blandurrias; el río es una mancha verde, viscosa, una amalgama de suciedad y vegetación estancada que avanza sin prisa hacia ninguna parte, y me recuerda a mí; no hace frío, ni calor, ni llueve: el cielo es un cerrojo gris, como grises son los domingos en Usera.
Nota explicativa:No voy a publicar tus comentarios, en los cuales alardeas de tener información privada que nunca debió pertenecerte. No quiero repetir lo que ya he dicho, pero, como ves, me sobran cojones para reconocer mis errores, en el blog y donde sea. Aún así, si crees que tenías derecho a meterte en el correo de la gente, estás equivocada. Lo mejor de todo es que, en el fondo, si me quedaba algún atisbo de culpa, te has encargado de borrarlo por completo. Si tienes algo de vergüenza, la próxima vez, cíñete a encontrar la mierda que buscas. Las cosas que ni te van ni te vienen, ten la decencia de no leerlas.
Qué mejor manera de rematar lo lisérgico del día de hoy que abrir el tuenti y encontrármelo de bruces; y caer, y volver a revolcarme en aquel mundo de vino y césped, y clavarme el poema en el costado, con toda su inocencia. Con su última estrofa, que todos estos años me ha abrasado la punta de la lengua, sin llegar a aparecer. Con su comienzo eterno. Con su halo de pureza, incorrupto ante el tiempo, brillando como un faro intermitente en la penumbra. Es grandioso volver a leerlo.
Cuando escribí mi primera poesía era aún muy pequeño. Recuerdo que fue para un trabajo del colegio, y rimé pisotón con balón, y amarillo con potrillo. Mi madre corrigió aquel poema antes de que lo entegara en clase, y me dijo:Ahora falta darle sentido a lo que quieres decir.
Pero por aquel entonces -era un chiquillo- yo no tenía nada que decir. No tenía inquietudes, ni penas, ni más alegrías que salir al parque a jugar. Y no fue hasta varios años después, al cumplir los quince, cuando le dediqué mi primera poesía a mi primera novia. Empezaba así:
"El brillo taimado de tus ojos,
reluciente fanal de madrugada,
puso en duda mi idea, equivocada:
no sé si eres real o un sueño roto..."
Creo que nunca escribí nada tan puro como aquello. El poema continuaba unas cuatro o cinco estrofas más. Algunos versos aún los recuerdo -"cuando tú me encotraste, aún huía / del laberinto en que atrapado estaba"-, sueltos, y a veces se aparecen en mi mente, aunque no consigo emparejarlos, ordenarlos, hacerlos rimar de nuevo. Me acuerdo incluso de haberlos escrito a mano en un folio y habérselo entregado a aquella chica. Antes, cuando no había ordenadores, los humanos escribíamos a boli, firmábamos de puño y letra, y dibujabamos lo que se nos antojaba en los márgenes.
Esa fue la primera poesía. Aunque hubo más, sólo me viene a la memoria el comienzo de ésta. Siempre he necesitado escribir, mucho más que hablar: te desahoga igual, y no te oye más que quien tú quieres. En aquella época de mi vida, agasajé a mi novia con poemas. Desconozco si aún los guarda.
Por mor de las redes sociales, sí, he dado con ella después de 10 años sin vernos, sin coincidir de casualidad en ningún bar, sin tener ningún amigo común. En seguida comprendí que nuestros caminos han sido diametralmente opuestos. Ella oposita para juez -su padre era abogado-, y yo estoy más cerca de ser juzgado que de acabar la carrera. Algunas veces, durante, unas décimas de segundo, envidio a aquellos que tenían su vida planificada desde los quince, y van cumpliendo paso a paso unos objetivos grabados a fuego en la conciencia. Acto seguido sonrío, repaso mi vida, miro al confuso horizonte que se extiende todavía ante mí, e imagino tu nómina, tu adosado, tu hipoteca, las ocurrencias de tu novio facha que se ríe de los progres -progresar es el antónimo de retroceder-, imagino a tu golden retriever corretear entre tus hijos, vestidos iguales, imagino tus viajes lujosos, tus brindis, tus lecturas, tus cenas en familia. Tu visión del mundo.
Y me imagino a mí mismo, después de haber cometido un delito contra la salud pública -o privada-, saliendo del calabozo y entrando a tu juzgado. Te imagino a ti, con una peluca blanca y un martillo, juzgándome y condenándome, después de haberte comprado algo en Blanco, o en Bershka, y antes de que vayas en taxi a cenar al más lujoso de los restaurantes. Nunca creí en la justicia como valor universal, pero creo mucho menos en la justicia y los valores que se me cuelan en casa cada vez que, por error, enciendo la televisión.
Intercambiamos unas pocas palabras -de esto hace varios meses y no he vuelto a saber de ella-, nos contamos un poco de cada uno, y ambos extrajimos la misma conclusión: tú vas para juez; y yo, para preso. Quizás estaba escrito.
"Siempre he sospechado que la amistad está sobrevalorada. Como los estudios universitarios, la muerte y las pollas largas. Los seres humanos elevamos ciertos tópicos a las alturas para esquivar la poca importancia de nuestras vidas. De ahí que la amistad aparezca representada como pactos de sangre, lealtades eternas e incluso mitificada como una variante del amor más profunda que el vulgar afecto de las parejas. No debe tan ser tan sólido el vínculo cuando la lista de amigos perdidos es siempre mayor que la de amigos conservados. El padre de Blas solía decirnos que la confianza en los otros era un rasgo del débil, pero claro, cualquier asomo de humanidad era para él poco menos que una mariconada. Coronel en la reserva de consentida inclinación nazi, no concedíamos demasiado valor a sus opiniones. En el fondo sonaba más sabio lo que tirado en una taberna nos gritó un día: “Yo a mis amigos no les cuento mis penas; que los diverta su puta madre. La amistad siempre me ha parecido una cerilla que es mejor soplar antes de que te queme los dedos y, sin embargo, aquel verano no habría podido concebir los días sin Blas, sin Claudio, sin Raúl."
Fragmento extraído de Cuatro amigos, de David Trueba
Algunas noches me despierto entre sudores, y miro con recelo al otro lado de la cama, por si el calvo del Lidl está ahí, acechando en la ocuridad, debajo de mis mismas sábanas, susurrándome al oído la temperatura de mis pies.
¿Cómo puede ese hombre coger un queso entre sus manos como si fuera un balón de reglamento, apretarlo brevemente y exclamar: Oye, qué bien curao? O ir por el huerto, acercarse a un trabajador y espetarle: Jose, éstos no son como los del otro día. ¿Pero qué otro día, por dios? Y va Jose, que si te fijas es Lorenzo Milá, coge un melocotón ¡del árbol de al lado!, de la misma cosecha, se lo da al calvo, que lo huele y dice: Éstos son perfectos: a Lidl. Después, no contento con eso, en lo que parece un matadero de cerdos, un mozo le muestra una pieza de carne roja. El alopécico le echa una breve ojeada, la olfatea y replica: Tiernísimo. A Lidl. ¿Ésos son los controles de calidad que pasan los alimentos en estas tiendas? ¿Va un señor oliendo melocotones, apretando quesos o husmeando trozos de cerdo sin ponerse una triste mascarilla?
Maldita sea, cómo puede un hombre ofrecer tan poca credibilidad al hablar de la calidad de los productos de un supermercado. Todos hemos ido a un Lidl. ¿Qué venden allí? ¿De dónde sacan esos postres, esas cosas que son una mezcla entre la tradicional Copa -de nata y chocolate-, pero con yogur, crema de helado y tropezones de frutas? Esos chocolates, esos cereales. No conoces ninguna marca de las que hay. Es barato, sí, pero extraño. Además, en el Lidl de mi barrio refulge hermosa al sol de la mañana una placa que conmemora la obtención del insólito récord de tener en nómina a la cajera con las uñas más largas de todos los supermercados de Usera. Es una mujer simpática, pero te da el cambio como lo haría Eduardo Manostijeras.
No sé, me inquieta el Lidl, no estoy a gusto en sus pasillos, ni en mi propia cama.
Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.
Texto extraído del libro Rayuela, de Julio Cortázar.
Reproducción del cartel del 12º Festival de Cine Erótico de Barcelona.
Escucha, colega
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Portada del disco 'Una semana en el motor de un autobús'
Este es un mensaje para mi yo de 21 años: suelta ese disco de Ismael
Serrano y atiende. Que lo sue...