viernes, 17 de abril de 2009

El reloj


Sacó su reloj de bolsillo y lo abrió con un movimiento ágil: las cinco menos veinte. Llevaba cuarenta minutos esperando, y por más que lo había intentado, ella no contestaba al móvil. Se trataba de otro desengaño, no cabía ninguna duda. Este era otro plantón, y mira que lo había intentado todo: invitaba a copas a las chicas por la noche, ponía la caña en chats mediocres, controlaba su pulso al traerles el café por las mañanas a sus compañeras de trabajo... Y cuando por fin conocía a una chica que al menos recordaba su nombre, le dejaba tirado con aquella cara de idiota en la puerta de aquel cine... Ni siquiera había elegido él la película, había delegado en ella esa responsabilidad, y ella había optado por una comedia americana con Hugh Grant en el papel de bobo
Se sentó en un banco cercano y volvió a sacar el reloj. Esta vez lo hizo lentamente. Salvo en dos zonas, la capa dorada que lo recubría estaba intacta. Los grabados, que tampoco se habían borrado, representaban a dos serpientes entrelazadas, que se mordían las colas. Lo hizo girar como si fuera un péndulo sujetándolo por la cadena, también dorada. Recordó aquel mes de diciembre, el único mes de su vida en el que estuvo enamorado. Recordó también a la chica que se lo había regalado, diciéndole: para ti, que no le das importancia al tiempo. Ella había dicho tal cosa porque él aseguraba que por mucho tiempo que pasase, él seguiría estando a su lado. Ella no se lo podía creer, y siempre se lo echaba en cara. No entendía cómo en tan sólo un mes, él podía haberse enamorado tan profundamente de ella. Tristemente, pocos meses después, el hermano de la chica llamó a nuestro amigo, desconsolado, y entre gritos y lágrimas consiguió balbucear que ella se había suicidado.En aquel momento, él no supo reaccionar. Se quedó pasmado, mirando el reloj, que ya por aquel entonces sacaba instintivamente de su bolsillo cuando estaba nervioso. Nunca se planteó ir a su funeral porque pasó los siguientes cuatro días en un estado de autismo casi total. Perdió el trabajo que tenía en aquel momento, la ropa que tenía tendida se le secó y se le volvió a mojar. Cuando reaccionó, lo hizo casi de forma súbita, una mañana, asomado a la ventana. De aquello hacía casi cuatro años. Lo único que le quedaba de aquel amor, su único amor, eran unos pocos recuerdos desdibujados y aquel reloj. Y apoyado en aquel banco, después de tanto tiempo, se dio cuenta de su error. Se dio cuenta de que el tiempo sí que era importante, y de que se le había pasado volando. Las mismas lágrimas amargas de hace tanto se volvieron a apoderar de sus ojos, y no pudo evitar que el reloj se le cayera de las manos, y que se estrellara contra el suelo.
El delicado objeto saltó en mil pedazos ante los ojos desorbitados de él, que intentaba divisar dónde había ido a parar la tapa, la esfera, los dos mil tornillos que atesoraba dentro. Nuestro amigo se agachó limpiándose los mocos con la manga, y recogió del suelo un papelito enrollado como un papiro que había brotado del reloj. A primera vista reconoció la letra de ella. Con los ojos aún nublados, leyó:
Como confío en ti, he decidido ponerte a prueba, a ti, que siempre dices que el tiempo no te importa. Qué mejor símbolo del tiempo que un reloj, ¿no te parece? Si tan poco te importa, en cuanto rompas este reloj, leerás esta nota y vendrás a mi casa a darme un beso. Y si no lo haces, mi hermano, el que estudia arte dramático te dará un escarmiento. Te espero.
Ella.
Él no salía de su asombro. Habían pasado cuatro años. Cuatro largos años, y no se había dado cuenta hasta ese momento. Corrió hasta la casa de la chica, y no cogió el metro porque pensaba que de esa forma tardaría más. Llegó sin resuello al portal y llamó al timbre. No obtuvo respuesta y pensó si estarían durmiendo. Echó mano de su reloj, y soltó una carcajada al darse cuenta de la situación. Cuando fue a llamar al timbre por segunda vez, una voz de hombre contestó. Él preguntó por ella, y reinó el silencio. La voz preguntó quién era, y él respondió, eso, que era él. Tras otro silencio la puerta se abrió. Él subió atropelladamente las escaleras y cuando se halló ante la puerta se paró en seco.Un hombre poco mayor que él, pero sí más alto y con los ojos color madera, le abrió la puerta con el ceño fruncido. Él volvió a preguntar por ella, pero el hombre permaneció impasible. Cerró la puerta tras de sí no sin antes echar un vistazo al interior de la casa, como el león que guarda dentro a su hembra, y se quedó a solas con él en el pasillo. Él retrocedió unos pasos con miedo alo que pudiera salir de la boca del hombre.
- Ella es mi mujer. No sé quién eres tú pero no me gustas, así que sal de aquí o te saco yo mismo. No quiero despertar a los niños.
Él comprobó cómo sus sospechas se confirmaban. Cabizbajo se dirigió hacia la calle. No había tenido tiempo de asimilar que el amor de su vida había aparecido y desaparecido al mismo tiempo. Ella estaba casada y tenía hijos con aquel tipo alto con pinta de alemán.
De pronto un escalofrío le recorrió la espalda. Su pecho se hinchó como si fuera a explotar y su corazón bombeó sangre suficiente para abastecer a tres cuerpos. Las lágrimas brotaron de sus ojos al no haber sabido nunca contener la alegría. Nunca antes un sonido le había parecido tan bello. Una sonrisa iluminaba su cara cuando se dio la vuelta para cerciorarse de que aquellas palabras las pronunciaba ella de verdad.
- Mi hermano te ha vuelto a engañar.

Fotografía extraída de bancoimagenes.com

Verdades, mentiras y falta de memoria


No es que me cueste poco perdonar a los demás. Es que tengo muy mala memoria, y se me suele olvidar el motivo de mi enfado.

En la adolescencia, adolecí, como todo adolescente. Acostumbraba a enfadarme con mi madre, y no nos hablábamos durante semanas. Al cabo de los días, me paraba a pensar y no recordaba el porqué de nuestra desavenencia, por lo cual, solía entrar en casa con una sonrisa de oreja a oreja, comportándome como si nada. Ante tal actitud mi madre no podía sino inflarse a tilas ella e inflarme a mí a collejas.

Más recientemente, discutí con una de las chicas que eligió sufrirme. La razón, que por suerte o desgracia aún puedo recordar, eran los veinte minutos de retraso con los que llegaba, yo, a nuestra cita. Pues bien, durante el careo, me preguntó si era capaz de recordar alguna vez en que ella hubiera llegado tan tarde a una cita. Traté de hacer memoria. Obviamente, no recordaba ni qué había cenado el día anterior. Le dije que sí, pero que no recordaba el día exacto, lo cual era verdad, pero no demostraba nada. Perdí la batalla dialéctica, el honor, e incluso a la chica en cuestión la empecé a perder aquella misma tarde.

La semana pasada, mi jefe me llamó a su despacho, y me preguntó si había revisado todas las instancias del mes pasado. Como un acto reflejo le contesté que sí, que por supuesto. Él argumentó que no debía de haberlo hecho, porque había recibido llamadas quejándose de la ausencia de respuesta, respuesta que, en otro orden de cosas, debía haberles proporcionado yo mismo. Mi jefe me preguntó desde cuándo llevaba sin responder a las instancias, y hube de encogerme de hombros y responder un poco convincente ¿desde marzo?. Desde entonces, mi puesto de trabajo pende de un hilo muy fino.

Con lo cual, si a veces miento, no es por culpa mía, sino por mi mala memoria.


Fotografía extraída de comohacer.eu

R


Nos conocimos unos años atrás. Dicen que la amistad se hace más fuerte cuando se da en ambientes adversos. Nosotros coincidimos en un hervidero de mutantes católico-fascistas. Encontrar a alguien mínimamente normal en aquellas circunstancias era como lo de la aguja y el pajar; pero allí estaba él, con sus gafas redondas y sus kilos de más, su cigarrillo pegado a los dedos, sus Secretos. Su mundo. Pronto nos dimos cuenta de que aquel sitio no era para nosotros, pero aún así, contiuamos.

Nos adentramos en los vericuetos de aquel redil, intentamos camuflarnos entre el resto del ganado, pero era imposible no destacar. Además, y esto no ayudaba, éramos, de natural, rebeldes, con tendencias marxistas. Nos codeamos con la crème de la crème, nos emborrachamos, maldijimos nuestra existencia, y la de los demás también. Nos enamoramos (no entre nosotros), lloramos, nos abrazamos, confesamos nuestros más ocultos secretos, nos ayudamos no pocas veces. Conocimos la historia del otro, y quizá la hicimos nuestra por extensión.

Inevitablemente, nuestros pasos tomaron rumbos diferentes. Yo ya no soy marxista. Bueno, sí lo soy, pero de Groucho. A ti ya no te sobra ningún kilo, y has dejado de fumar. Yo sigo empeñado en no cargarme de reponsabilidades, y creo que por eso sigo fumando. Por eso me aterra integrarme en el engranaje que nos han propuesto, por eso no quiero escribir para nadie. Me da miedo ser una pieza más de este tétrico puzzle, porque no me creo que todo encaje, como dicen. No me creo sus anuncios, ni sus reglas del juego. Bastante tengo con ir cada día al trabajo y aparentar ser una persona normal.

Intuyo que la vida te sonríe más de lo que te hace llorar, pero también pienso que siempre fue así, en el fondo, y puede que gracias a ti mismo. Porque, en el fondo, creo que somos optimistas, aunque cada día sea más difícil.

¿Cuánto pesa la culpa?


Levanté los ojos del portatil y entonces la vi. Uma Thurman me estaba mirando mientras fumaba un cigarrillo, en una postura sugerente adornada por el rojo de sus labios. Su peinado, imitado a menudo hoy por multitud de chicas en busca de una identidad, constaba de un flequillo pronunciado, rematado con una variedad del clásico corte a tazón por detrás.

Me ruboricé y desvié la mirada sonriente. Volví a mirarla con disimulo. Pero como tantas otras veces, comprobé que realmente no me estaba mirando a mí, sino a Bob, que estaba detrás de mí. Sentado en lo que parecía un portal, con las rastas caídas sobre los hombros, liaba un porro con el gesto sonriente, y la mirada perdida. Ni siquiera se da cuenta de que lo está mirando, pensé.

Pero Bob Marley dirigía su sonrisa a Benicio del Toro, que tampoco le prestaba atención. Estaba encorvado sobre una mesa, vestía un polo que en vano trataba de disimular un tatuaje, y me señalaba con el dedo. ¿A mí? ¿Por qué?

Ignoro por qué se empeñan en llamar retóricas a las preguntas estúpidas. Levanté un poco los ojos y leí: ¿Cuánto pesa la culpa?

Mucho, dije en voz alta. Todos volvieron a sus pósters y seguí escribiendo.

Reproducción del cartel de la película 21 gramos.

El amor perfecto

Se despertó pronto, el sol no había salido. Una ojeada a su alrededor le permitió comprobar que no dormía solo, ni en su cama, ni en su casa. Se vistió y se lavó la cara rápidamente. Echó un último vistazo a la chica, aún sumida en sueños, antes de salir de la habitación. Acercó su rostro al de ella conteniendo la respiración, y besó con delicadeza una de sus cejas. Ella se revolvió en la cama y masculló algo con el ceño fruncido. Cuando salió a la calle lloraba a lágrima viva.

La ciudad aún dormía, sólo el trinar de los pájaros y el murmullo de algún coche perturbaban la calma de la todavía oscura mañana. Se sentó en la parada del autobús. Lloró amargamente con la cabeza entre las rodillas. El frío de aquella hora se le metió bajo la ropa y le hizo tiritar. Lió un cigarrillo con manos temblorosas y lo encendió. Al exhalar la primera bocanada de humo, percibió de reojo una pintada en la marquesina de la parada: "La perfección del amor es morir por amor".

Sonrió. Y en esto, llegó el autobús.

Fotografía extraída de alexanderpractice.co.uk

Viernes + Sábado de Ceniza


Donde hubo llama, siempre queda ceniza, dicen. Digo, yo también. Tanto es así que mi corazón más parece un cenicero que un músculo. La verdad, creía que estaba limpio, que no había brasas que soplar para que ardiesen. A punto he estado de volver a quemarme, de no ser por la ducha fría de esta mañana -bendita caldera estropeada-.

Fuimos uno durante años, y fui separándome de ella poco a poco, empujado a veces por el orgullo, a veces por la juventud, pues siempre creí haberla conocido demasiado pronto. Necesitaba -o así lo creía- volar libre durante un tiempo, para poder después recalar en su nido y quedarme en él toda la vida. Era joven, y por consiguiente, estúpido. Y lo sigo siendo. Joven, digo. Y estúpido, también, pero menos. Me parece.

Le hice daño, le pedí perdón con el paso de los años, pero todavía hoy me siento culpable. Es inaudita mi capacidad para perdonar los errores de otros, y lo exigente que soy conmigo mismo.

Ella volvió a aparecer en mi vida, casi por azar, el otro día. Estaba bien, ella. Mi vida, más o menos también. Lo que no sabía ni aún sé es la trascendencia del encuentro, que fue doble, viernes más sábado.

El domingo tenía, por ende, doble resaca.

Fotografía extraída de directoalpaladar.com

La belleza


Dicen que el ideal de belleza se adquiere en la adolescencia, y después es muy difícil deshacerse de él. Estoy de acuerdo. Intento cambiar el mío todos los días, y soy presa de mi pasado cada vez que me vuelvo a dar cuenta de lo imposible de mi empresa. Está demasiado arraigado en mi interior, es más potente que una ideología política o una actitud vital. No obedece al cerebro, está enfrentado con toda lógica. Y lo peor de todo, es que ni yo mismo soy capaz de describirlo.

¿Qué es la belleza? Existirán millones de definiciones teóricas, pero ¿qué es aquello que me provoca atracción hacia otras personas? Y no me refiero a si me gustan rubias o morenas, altas o bajas, gordas o delgadas, con o sin tetas, pelo corto o largo, pantalones o falda. Cualquiera puede operarse, teñirse y cortarse el pelo, pintarse o no las uñas, comprar en Zara o en El Rastro. Me refiro a si me gusta que huelan a hogar o a marihuana, si sonríen llenándote de vida o si te miran con los ojos grandes y atentos, si caminan sin hacer ruido o si llevan un cascabel atado a la mochila.

Por todo eso, mi ideal de belleza se aleja cada vez más de lo físico para instalarse en un remanso subjetivo que ni yo estoy autorizado a modificar. Lo que está claro es que cada vez me alejo más de la perfección, rumbo a determinadas imperfecciones.

Fotografía tomada por Santiago Álvarez